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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 505

Tras años navegando en el implacable mundo corporativo, Isabel sabía mejor que nadie que un escándalo de esta magnitud sería capaz de paralizar a todo el consorcio.

—Entonces, ¿uso esta evidencia para obligarlo a renunciar de forma pacífica? —murmuró Isabel, antes de desechar su propia idea en el acto—. No, ese maldito es astuto y despiadado. Negociar con él ahora sería como darle tiempo para prepararse. Si encuentra una manera de contraatacar, yo seré la perjudicada.

Enrique asintió.

—Hacer eso sería un movimiento muy arriesgado.

Con las pruebas ardiendo en su mano, Isabel sentía una desesperación asfixiante. Tenía el arma perfecta para pulverizar a Renato, pero se veía maniatada por el daño colateral, incapaz de decidir cuál era el golpe más letal.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?

Enrique se quedó pensativo por un momento antes de alzar la vista hacia su hermana.

—¿Recuerdas las acciones que mamá le delegó a Renato?

Los ojos de Isabel se iluminaron de inmediato.

—¡Claro! ¿Cómo pude olvidarlo? Cuando regresó a la familia, si mamá no lo hubiera apoyado incondicionalmente cediéndole el control de sus acciones, jamás habría llegado a la presidencia de la Corporación Soler.

—Ve y cuéntaselo a mamá. Se sentirá tan decepcionada de él que le retirará su apoyo y te traspasará las acciones a ti. Si sumamos tu porcentaje, el mío y el de mamá, tendremos el poder absoluto para expulsarlo de la silla presidencial de una vez por todas.

La ambición y el triunfo tiñeron la mirada de Isabel. Asintió con fuerza.

—Hecho.

Mientras tanto, en el salón principal, Matilde no dejaba de pensar en la repentina partida de Renato durante la cena. Angustiada, se dirigió a las esposas de Felipe y de Enrique.

—Quédense aquí, voy a subir a tomar mi medicina. Bajaré en un rato.

Ambas nueras saltaron de inmediato, ofreciéndose a acompañarla en un alarde de devoción.

Matilde hizo un gesto con la mano.

—No es necesario.

Incluso rechazó el brazo de Silvia, quien se había acercado para sostenerla.

Cuando Isabel regresó al salón empujando la silla de ruedas de Enrique, notó la ausencia de su madre.

—¿Y mamá?

—Subió a tomarse su medicina —respondió la esposa de Enrique.

—Iré a ver cómo está.

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