¡La había descubierto!
Con tanta gente en la cena de anoche, y siendo él el presidente de la empresa, había interactuado con innumerables personas. ¿Cómo pudo saber que había sido ella?
Quizás ese análisis correspondía a alguna bebida. Sí, no podía perder la calma.
Luciana tragó saliva, tratando de reprimir el miedo, y miró a Renato.
—Renato, ¿qué es esto?
Renato la observó fingir tranquilidad mientras su rostro revelaba todo lo contrario. Sin rodeos, destrozó sus esperanzas:
—Este es el resultado del análisis de los residuos encontrados en los papeles del proyecto que me diste a firmar anoche.
Durante todo el día, había investigado a escondidas y repasado los eventos de la cena. No había probado bocado que le ofreciera algún desconocido; por lo tanto, el problema debía estar en algún objeto con el que hubiera tenido contacto o en algún lugar donde hubiera estado.
En cuanto a espacios, no se había quedado a solas en ninguna habitación, descartando algo como inciensos u olores. Luego repasó cada objeto que tocó y finalmente descubrió el problema en la carpeta de firmas que Luciana le había entregado.
Los efectos habían sido lentos; al principio, solo sintió un poco de bochorno, creyendo que era por la multitud en el salón. Fue cuando la agitación corporal se volvió incontrolable que se dio cuenta de que algo andaba mal.
Luciana se tambaleó ligeramente, aún haciéndose la tonta.
—Yo... no sé de qué me estás hablando.
Renato, sin intención de darle más vueltas al asunto, preguntó con voz grave:
—¿Quién te dio la droga?
El tono del hombre no era estridente ni demostraba ira; de hecho, era sorprendentemente neutro. Pero la gélida frialdad de sus ojos profundos y el peso aplastante de su aura hicieron que a Luciana le faltara el aire.
Ya ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos. Bajó la cabeza y comenzó a negar frenéticamente.
—No sé, no sé de qué me hablas.
Renato exhaló una lenta bocanada de humo azulado y miró a Fabián.
—Explícale la ley.
Fabián se dirigió a la chica.


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