Han pasado unos días.
Amanda entró a la oficina radiante. Ni siquiera tanto trabajo acumulado pudo borrarle la tremenda sonrisa que traía.
Entró a la constructora pisando fuerte y desbordando energía.
El bronceado la hacía lucir espectacular, pero lo mejor era su actitud: caminaba con una seguridad tremenda, lista para comerse el mundo.
—¡Atención todo el mundo, llegó la jefa! —gritó una voz inconfundible desde el final del pasillo.
Amanda se detuvo y soltó una carcajada larga.
Adriana venía caminando hacia ella con una botella de champaña en una mano y dos copas de cristal en la otra, luciendo una sonrisa inmensa que amenazaba con partirle la cara en dos.
Detrás de ella, parte del equipo de diseño y los arquitectos junior aplaudían y hacían bulla.
—¿Y este alboroto? —preguntó Amanda, dejando su bolso sobre el escritorio de la recepción, contagiada de inmediato por la emoción del ambiente—. Adriana, son las diez de la mañana. ¿Desde cuándo bebemos en horario laboral?
—Desde que nos convertimos en la firma de arquitectura más cotizada de esta ciudad, mi amor —le respondió Adriana, destapando la botella con un pop ruidoso que hizo saltar a un par de pasantes. El líquido dorado espumó y ella sirvió las copas rápidamente, sin dejar de sonreír—. Agarra tu copa, Amanda. Hoy se celebra por todo lo alto.
Amanda la tomó, mirándola con los ojos entrecerrados pero brillando de curiosidad.
—A ver, suéltalo ya que me vas a matar de la intriga. ¿Qué pasó mientras estuve desconectada en la playa?
Adriana chocó su copa contra la de Amanda haciendo sonar el cristal fino.
—Ayer por la tarde recibí una llamada directamente de las oficinas del Grupo Vivaldi. Sí, esos mismos, los magnates hoteleros que están comprando medio país y construyendo en todas las costas —comenzó a explicar Adriana, hablando rápido por la emoción—. Uno de los altos mandos pasó por la obra que estamos terminando en la zona este. Vio los acabados, la firmeza de la estructura, la fluidez del diseño... y se enamoró.
Amanda sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
—No me digas que...
—Sí te digo —la interrumpió Adriana, apuntándola con el dedo índice—. Exigieron una reunión de inmediato. Quieren que tú, Amanda Borbón, lideres el diseño arquitectónico y la ejecución de su nuevo complejo hotelero. Es un contrato de millones, Amanda. De muchísimos millones. Y lo mejor de todo: te pidieron a ti por tu talento, porque vieron lo que haces.
El equipo entero estalló en aplausos otra vez. Amanda se llevó una mano a la boca, abriendo mucho los ojos, completamente en shock.
Todo el esfuerzo, las noches sin dormir, los dolores de cabeza peleando con los contratistas y lidiando con situaciones... todo estaba dando frutos reales.
No era solo la esposa de Víctor; era Amanda, la arquitecta de élite que siempre soñó ser.
Una ola de náuseas fuerte le subió por la garganta, tan intensa que tuvo que apretar los labios y tragar saliva repetidas veces para no vomitar ahí mismo frente a todos.
Se llevó una mano al vientre de forma casi instintiva, sintiendo un calor extraño, un revuelto pesado que no era normal en su cuerpo.
—¿Estás bien, Amanda? —preguntó Adriana de pronto, notando cómo su amiga había palidecido de golpe, perdiendo ese bronceado espectacular por un segundo.
Amanda abrió los ojos y forzó una sonrisa rápida, tragando grueso para estabilizar la voz.
—Sí, sí, tranquila... —murmuró, dejando la copa vacía sobre la mesa con la mano temblando un poco—. Debe ser el cambio brusco de clima, o que bebí muy rápido la champaña con el estómago vacío. Ya sabes, los viajes de regreso me dejan un poco revuelta siempre.
—Claro, mujer. Tanta emoción junta también pega fuerte. Ve a sentarte a tu oficina, te pido un agua mineral con hielo para que se te pase —le sugirió Adriana, palmeándole el hombro sin darle mayor importancia al asunto.
Amanda asintió despacio y caminó hacia su despacho privado con pasos un poco más torpes. Al cerrar la puerta de cristal a sus espaldas, soltó un suspiro largo y tembloroso.
El mareo seguía ahí, persistente, pesado. Se sentó en su silla y volvió a apoyar ambas manos sobre su vientre plano.
Frunció el ceño, sintiendo una punzada de duda cruzándole por la mente como un relámpago.
—Solo es cansancio... —musitó para si misma.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...