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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 87

Un mes después…

La brisa salada del mar Caribe acariciaba las finas cortinas de lino blanco de la cabaña.

Era un refugio paradisíaco, una estructura de madera oscura y rústica, pero con todas las comodidades, completamente abierta hacia la inmensidad de la playa.

Estaba iluminada únicamente por el resplandor plateado de la luna llena y el fuego danzante de un par de antorchas enterradas en la arena húmeda.

Habían huido. Estaban tranquilos, muy lejos del caos tóxico de la ciudad, de los problemas con las obras y de las amenazas invisibles que los habían acechado las últimas semanas.

Víctor estaba de pie frente al pasillo, mirando hacia el mar.

Estaba descalzo.

Llevaba únicamente un pantalón de playa de color arena que colgaba peligrosamente bajo sobre sus caderas, dejando a la vista la perfecta y profunda V marcada de sus oblicuos.

Su piel, ahora bronceada por los días bajo el sol, brillaba levemente a media luz, y los músculos firmes de su pecho y abdomen se tensaban con cada respiración irregular.

Estaba jodidamente sexy, y Amanda lo sintió latir directamente en su coño.

Una humedad caliente se acumuló en su coño con solo mirarlo. La sangre le hervía en las venas, avivada por las copas de vino que habían compartido durante la cena.

Ella no esperó más.

Se lanzó hacia él y lo besó sin darle tiempo a reaccionar. Sus labios chocaron contra los de él hallando su boca.

Sus manos subieron rápidamente por su pecho desnudo, sintiendo cómo los pectorales de Víctor se contraían de golpe bajo sus dedos.

Amanda se dejó llevar por el instinto; sus uñas se clavaron un poco en la piel, rasguñando hacia abajo en líneas superficiales que hicieron que Víctor soltara un gemido desde el fondo de su garganta.

Sin soltar sus labios, las caderas de Amanda buscaron la suya y lo encontraron.

Presionó su intimidad directamente contra el vientre de él, sintiendo la dureza evidente a través de la fina tela del pantalón de playa, y eso la hizo sonreír contra sus labios.

Le gustaba.

Le gustaba demasiado saber que, a pesar de todo el drama que habían superado, él seguía reaccionando a su toque con la misma pasión desbordante e incontrolable del primer día.

Víctor tardó unos segundos en corresponder, sorprendido por el ataque repentino.

Pero cuando la lengua de Amanda se coló atrevida entre sus labios, saboreando el vino en su boca, él cedió por completo.

Un gemido bajo vibró en el pecho de ambos, y finalmente, sus manos aterrizaron en la cintura de ella, atrayéndola con fuerza.

En cuestión de segundos, ese beso se volvió salvaje.

Sus lenguas se enredaron en una mazurca frenética, sus dientes rozando en medio de la premura, devorándose mutuamente bajo el sonido de las olas.

Tuvieron que separarse apenas unos centímetros porque a los dos les faltaba el aire. Ambos jadeaban, con las frentes apoyadas la una contra la otra.

Víctor la miró con los ojos enrojecidos por el deseo, pero intentó aferrarse a la poca razón que le quedaba en medio de ese paraíso.

—Amanda... estás borracha —dijo él, buscando calmarse y controlar el fuego que ella acababa de encender.

Simplemente bajó la mirada, tomó la cinta que sujetaba el pantalón de lino y tiró de ella, liberando la polla de él por completo en la oscuridad de la noche.

Él soltó un gruñido animal, la tomó por los muslos y la levantó en vilo.

Amanda se aferró desesperadamente a sus hombros, soltando un grito agudo cuando él la acorraló con rudeza contra la columna.

Usando su propio cuerpo como prensa para sostenerla, penetró su coño mojado de una sola estocada profunda, sin preparativos ni delicadeza.

Era un ritmo brutal, primitivo y adictivo. La madera crujía a sus espaldas con cada embestida salvaje.

Carlos no pedía permiso, simplemente tomaba lo que quería, y Amanda se deshacía gustosa bajo ese dominio.

Sus cuerpos chocaban con fuerza, mojados por el sudor y la brisa del mar, en una sinfonía de jadeos y obscenidades susurradas.

Él le mordió el cuello, marcando su piel, mientras hundía sus dedos en los muslos de ella, llevándola al borde del abismo una y otra vez con una destreza que la volvía completamente loca.

Cuando el orgasmo la atravesó con violencia, Amanda se aferró a los hombros anchos de él, temblando mientras los espasmos de placer la vaciaban por dentro.

Él se corrió segundos después, enterrándose hasta el fondo y soltando un rugido profundo contra su oído.

Víctor apoyó la frente contra el hombro de ella, intentando recuperar el aire, temblando por la intensidad brutal de lo que acababan de hacer.

Amanda, todavía con la respiración agitada, acarició su cabello oscuro y húmedo por el sudor. Sonrió en la oscuridad.

—Carlos vivirá entre nosotros para siempre —musitó Amanda.

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