Más tarde…
Las horas pasaban, pero para Amanda la madrugada era un infierno.
La mentira de Víctor todavía le revolvía el estómago y sentía un malestar que apenas la dejaba respirar.
Encerrada en su cuarto, sacaba la ropa del clóset y la tiraba a lo loco dentro de la maleta. Metía zapatos y vestidos sin ningún orden.
Solo quería empacar rápido para no pensar y que amaneciera de una vez para largarse de esa casa para siempre.
De pronto, una sombra cortó la luz que entraba por el pasillo.
Víctor ya estaba allí.
Se había quedado parado en el marco de la puerta, observándola en silencio, con la camisa arrugada y una expresión indescifrable en el rostro.
Amanda no lo había escuchado llegar, y al verlo plantado ahí, toda la sangre le subió a la cabeza.
—¡Lárgate! —le gritó a todo pulmón, señalando la salida enfurecida—. ¡No te quiero ver! ¡Salte de mi cuarto!
Víctor ni siquiera se inmutó ante el grito.
Tenía la cara demacrada, los ojos hundidos por la mala noche, pero mantuvo la postura.
—Tranquila, Amanda. No vengo a rogarte ni a pedirte perdón, porque sé que no me lo vas a dar. Lo hecho, hecho está —le dijo con una voz extrañamente muerta, apagada—. Guarda tus cosas. Desempaca esa maleta.
Amanda soltó una blusa de seda que llevaba en las manos y apretó los puños.
—Tú no me das órdenes, Víctor. ¿Quién te crees que eres? Me largo hoy mismo. No voy a respirar el mismo aire que tú ni un segundo más.
—Te quedas en tu casa, Amanda —la cortó él en seco, con un tono definitivo que no dejaba espacio a réplicas—. Esta mansión es tuya. El que se va soy yo.
Sin esperar una sola palabra de respuesta, Víctor dio media vuelta y desapareció por el largo pasillo.
Amanda se quedó pasmada en el sitio. La rabia se le congeló en el pecho, dejándola con la respiración a medias y las manos sobre la ropa hecha un desastre.
En su propia habitación, Víctor caminó directo al vestidor. Agarró un bolso de viaje de cuero negro y empezó a meter un par de mudas de ropa, lo básico para sobrevivir un par de días.
—¡Martina! —gritó, llamando a la empleada de más confianza que siempre cubría las noches—. ¡Martina, ven a mi habitación rápido!
Mientras esperaba, sacó el celular del bolsillo y marcó el número de su mejor amigo.
—Daniel, voy saliendo para tu apartamento ahora mismo —soltó Víctor en cuanto el otro contestó—. Ábreme la puerta y hazme un espacio en el sofá.
—Uy, hermano... Ya me imagino que Amanda te bateó con las bases llenas después de que se cayó el teatrito de Carlos, ¿verdad? Se armó Troya.
Recordó el calor sofocante de su cuerpo aplastándola contra el colchón, el roce áspero de la barba que le quemaba la piel y el olor masculino que la enloquecía.
La imagen de Carlos susurrándole obscenidades al oído mientras la tocaba por todas partes, chupándole los pechos y haciéndola sentir como la mujer más jodidamente deseada del planeta, se le cruzó por la cabeza como un relámpago caliente.
Ese hombre salvaje, apasionado, el amante perfecto que le había enseñado lo rico y adictivo que era el sexo... era el que estaba ahí sentado.
Inconscientemente, la respiración de Amanda se agitó.
Se agarró los pechos por encima de la tela de su ropa, sintiendo cómo los pezones se le endurecían con el simple recuerdo.
Un gemido muy sutil, ahogado en su propia garganta, se le escapó de los labios al imaginar todo lo que ellos dos habían hecho en esa cama de sábanas blancas.
Era Víctor. Su propio esposo era el hombre que la volvía loca de deseo.
De repente, un hormigueo ardiente, espeso y húmedo la recorrió por completo. Su coño palpitó involuntariamente, traicionando todo su orgullo y su rabia. Estaba encendida.
Aterrada por la reacción de su propio cuerpo y asqueada de sí misma por excitarse con el hombre que acababa de destrozarle la vida, Amanda retrocedió a tropezones y se fue corriendo de puntillas hasta su habitación.
Cerró la puerta, apoyando la espalda contra la madera, con el corazón latiéndole desbocado.
—¿Qué carajos estoy sintiendo, Dios mío? —musitó para sí misma, cerrando los ojos con fuerza, atrapada entre el odio más profundo y el deseo más irracional.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...