—Gracias. —Tobías asintió con un movimiento de cabeza imperceptible.
Timoteo metió las manos en los bolsillos de su bata verde antes de marcharse y, un rato después de que se fuera, una enfermera ayudó a Sonia a salir del quirófano. El aborto era un procedimiento no invasivo, por lo que Sonia no necesitaba que la sacaran en camilla. Podía caminar por sí misma, pero tenía que hacerlo muy despacio, ya que el útero le dolía mucho; parecía hacer una mueca de dolor a cada paso que daba. Tenía el rostro pálido y el sudor le caía por la frente cuando salió. A Tobías se le estrujó el corazón al verla sufrir.
—Permíteme que te ayude —Le ofreció.
Extendió un brazo para tomar el lugar de la enfermera como soporte y ésta no se lo impidió ya que supuso que era un miembro de la familia, la soltó y se apartó. Sin embargo, antes de que Tobías pudiera sujetarla, Sonia sacó su brazo rápido para evitar que él la agarrara.
—Estoy bien. Puedo caminar sola —siseó con voz débil.
Se aferró a las paredes y apretó los dientes mientras caminaba hacia su habitación. Al ver a aquella obstinada mujer, Tobías sintió pena y rabia y su apuesto rostro se ensombreció al hablar:
—Sé que no quieres verme ahora, pero acabas de salir de una operación. Aunque no te guste, no deberías arriesgar tu propia salud por pelear conmigo.
Se agachó y la cargó en sus brazos apenas terminó de decir eso. Sonia, instintivamente, le rodeó el cuello con sus brazos, pero lo soltó en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
—¡Suéltame! —gritó.
Tobías siguió caminando hacia la habitación con una expresión severa en el rostro, como si sus gritos no lo inmutaran. Ella golpeó sus puños contra su pecho cuando se dio cuenta de que él no tenía planes de dejarla ir.
—Le estoy diciendo que me baje, Tobías. ¿No me oye?
—¡Deja de moverte! —Tobías apretó su agarre sobre ella mientras miraba hacia abajo con una expresión sombría—. Acabas de salir de una operación, así que no deberías moverte demasiado. Si te caes ahora, tú te lastimarás, no yo. ¿Por qué te complicas tanto la vida?
Ella se quedó callada tras escuchar sus palabras. «Tiene razón. ¿Por qué me complico la vida? Bien podría considerarlo como un medio para un fin ya que está dispuesto a llevarme a la habitación». Con ese pensamiento, Sonia se volvió más obediente y dejó de moverse en sus brazos; sin embargo, su cuerpo permaneció tenso todo el tiempo.
El rostro del joven ensombreció cuando se dio cuenta de eso. «La gente suele necesitar apoyo cuando está más débil, pero ella está tensa, incluso en mis brazos. Está claro que no confía en mí, si no, se habría relajado, ¿no?».
El silencio llenó el espacio entre ellos mientras la llevaba de vuelta a la habitación. La dejó sobre la cama y la arropó.
—¿Tienes hambre? —Le preguntó con voz suave.
Ella estaba a punto de negar con la cabeza cuando su estómago respondió a su pregunta con un fuerte gruñido. Él rio al oírlo.
—Deberías descansar un poco. Iré a comprarte algo para comer.
Le sirvió un vaso de agua y lo colocó junto a la cama antes de darse la vuelta y salir. El cuarto quedó en silencio después de que se fue y Sonia se pasó la mano por el vientre, notando que el ligero bulto que alguna vez hubo ya no estaba allí. Su vientre volvía a ser plano, casi como si todo su embarazo no hubiera sido más que su propia imaginación. Sin embargo, sabía que fue real porque seguía sintiendo un leve dolor en el útero; aquel dolor era la prueba de que una vez tuvo un ser vivo en su interior.
«Pero esa vida ya no existe», pensó mientras se mordía el labio inferior. Enroscó los dedos alrededor de su camisola y comenzó a sollozar. No estaba segura de sí lloraba de felicidad o de tristeza...
En ese momento, el teléfono empezó a sonar, se limpió las lágrimas rápido y, después de respirar profundo varias veces para calmarse, tomó el teléfono y miró el identificador de llamadas antes de contestar.
—¿Hola?
—¿Dónde estás, muñeca? —Carlos estaba de pie fuera de la oficina de Sonia, al otro lado de la línea—. Daniela me dijo que hoy no has venido a trabajar y no te he encontrado en tu casa. ¿A dónde fuiste? —Sonaba bastante ansioso.
—Estoy en el hospital —respondió con voz cansada mientras se apoyaba en el cabecero de la cama.
Carlos se puso aún más ansioso al escuchar su débil voz y aferró el teléfono con ambas manos mientras alzaba la voz:
—¿El hospital? ¿Qué haces allí?
—No es nada. Vine para el aborto —explicó Sonia cerrando los ojos.

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