Gloria se obligó a controlarse. Le indicó a recepción que se apurara, tomó la tarjeta-llave, jaló el equipaje y caminó hacia Federico.
—Gloria, un día de estos vamos a cenar, ¿va? —gritó Jaime desde el mostrador.
Gloria vio cómo a Federico se le endureció la cara de golpe. Sintió que estaba atrapada: por un lado uno, por el otro el otro.
No se atrevió a contestarle a Jaime. Llegó con Federico.
—Señor Córdoba, ya quedó.
La carcajada de Jaime volvió a escucharse.
—Ya aléjate de ese jefe tuyo, bien frío y sin corazón. Cada vez está peor.
Gloria sabía que lo decía para que Federico lo oyera, pero la estaba dejando en una posición imposible.
Las puertas del elevador se cerraron. Gloria se quedó en una esquina, con la cabeza un poco agachada, mirando los zapatos impecables del hombre.
—Deja tu maleta y vienes a mi habitación. Hay trabajo que sacar.
La voz de Federico fue plana. La miró y, al ver que ella no levantaba la cara, no le quitó la vista de encima.
Ella estaba ahí, tranquila y obediente… y aun así, a él le daba la sensación de que se le estaba saliendo del control.
Gloria frunció el ceño. Miró la hora: ya eran las once.
Últimamente le daba mucho sueño; quizá por el embarazo, se quedaba dormida con facilidad.
—¿Tienes plan después o qué? —preguntó Federico, girándose para quedar de frente a ella.
Gloria alzó la cara. En el fondo de sus ojos se notaba el rechazo, sin disimulo.
—No. Nada más estoy cansada.
Los ojos de Federico se enfriaron todavía más.
A él no le importaba si estaba cansada o no. Si él quería trabajar, fuera donde fuera y a la hora que fuera, ella tenía que estar disponible.
Al final, era su empleada.
La habitación de Gloria estaba pegada a la de Federico.
Dejó el equipaje sin acomodar y fue directo a la suite de Federico.
La puerta estaba abierta. Irene llevaba una falda de piel café y un top negro de tirantes. Sentada junto a Federico, movía las piernas y le hablaba con voz mimosa.


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