Lucas esbozó una sonrisa forzada y pegó la cara a la ventanilla tratando de mirar hacia el interior del coche. Parecía que aún quería decir algo.
Federico pisó el acelerador, y el vehículo rozó a Lucas al pasar.
Lucas retrocedió tambaleándose, pálido, y los vio alejarse. ¡Un presentimiento terrible se apoderó de él!
—¿De verdad los dejaste ir así nada más? —La señora Mendizábal se apresuró a ayudarlo a sostenerse.
—¿Y qué querías que hiciera? —respondió Lucas, zafándose del brazo de la mujer una vez que se estabilizó—. ¿Por qué tendría que meterse Federico en esto por ella? ¿Y cómo iba a atreverme a hacerle algo?
¡Si a Federico le tocaban un solo cabello en la casa de los Mendizábal, ni entregando a toda su familia podría pagar las consecuencias!
—Ahora solo nos queda rezar para que Federico cumpla su palabra y no se quede con el dinero de los Mendizábal.
Al decirlo, la señora Mendizábal se convenció un poco más de sus propias palabras. —Supongo que no le interesa nuestra fortuna, después de todo, la familia Córdoba es dueña de mucho más.
Lucas la miró con furia. —¿Acaso alguien se queja de tener demasiado dinero? Lo importante aquí es: ¿se atreverá Gloria a quedarse con las acciones para ella sola?
Puede que a Federico no le importaran las propiedades de los Mendizábal, pero, ¿y a Gloria?
—Entonces... —la señora Mendizábal se preocupó de nuevo—. ¿Por qué los dejaste ir?
—¿Y qué iba a hacer, dejarlos esperando? —Lucas ya estaba sin paciencia—. ¿Acaso quieres que Federico destruya a los Mendizábal? ¡Solo nos queda apostar por esto!
Desde el primer instante, cada paso que daba Lucas había sido fríamente calculado, pero también implicaba mucho riesgo.
Sin embargo, esta vez se sentía acorralado, era una apuesta donde apenas le quedaba una pequeña esperanza...
—
El auto circulaba por la carretera despejada; la villa de los Mendizábal desapareció lentamente en el espejo retrovisor.
Gloria por fin pudo destensar su cuerpo. Se reclinó en el asiento y dejó escapar un ligero suspiro de alivio.
Habían pasado apenas veinticuatro horas, pero se sentían como medio siglo.
—¿Dónde está Lalo? —le preguntó a Federico.
—En casa, no te preocupes. Margarita ya regresó, ellas dos lo están cuidando. —Federico manejaba el volante con una mano mientras apoyaba la barbilla en la otra, observándola a través del espejo.
Debajo de sus ojos asomaban sombras oscuras; seguro no había pegado ojo en toda la noche.



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