Gloria abrió la puerta. Al verla, los rostros de la pareja se tensaron en una mueca de dolor, pero las palabras se les quedaron atascadas en la garganta.
—Adelante, por favor —Gloria abrió la puerta por completo, sin saber cómo dirigirse a ellos.
Entraron a la villa. La pareja se sentó rígidamente en el sofá mientras Gloria se acomodaba frente a la mesa para servirles té.
Tras un silencio sepulcral, José fue el primero en romper el hielo.
—Estamos aquí hoy... por Virgi y Bruno.
A Gloria se le paralizó la mano a mitad del movimiento.
—¿Qué les pasó?
—Ayer fue el día del reconocimiento de linaje de Virgi, cuando se la ingresó oficialmente en los registros de la familia. La llevamos a la mansión junto con Bruno. Había cientos de personas, todo era un caos, y en un segundo de distracción... Bruno desapareció.
El rostro apuesto y amable de José se deformó por la frustración, la vergüenza y el odio a sí mismo.
Al mismo tiempo, las lágrimas de Yolanda brotaron como cascadas incontrolables.
Solo en ese instante Gloria se dio cuenta de lo demacrados que estaban. Tenían la piel pálida, los rostros desencajados y los ojos enrojecidos.
El shock hizo que Gloria perdiera la noción del espacio. El agua hirviendo se desbordó de la tetera, escurrió por el borde de la mesa y cayó directamente sobre su vestido.
El ardor la devolvió a la realidad. Se puso de pie de un salto y, tomando servilletas para secarse a toda prisa, se alejó de la mesa.
—¡¿Bruno desapareció?!
Había imaginado mil escenarios diferentes sobre por qué los Mendizábal la buscarían. ¡Pero jamás cruzó por su mente que Bruno hubiera sido secuestrado!
Yolanda lloraba con tanta desesperación que era incapaz de articular una sola palabra.
—¿Tienen alguna pista? —preguntó Gloria, con la voz cargada de urgencia.
José asintió, obligándose a mantener la compostura.
—Lucas se lo llevó. Hoy nos envió a alguien con un mensaje: si queremos que Bruno viva, Virgi debía convencerte de ir con él.

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