Sobre la mesa había varios platillos deliciosos humeando junto a una reconfortante sopa.
Lalo dormía plácidamente en su carriola; al parecer, jugar en el agua lo había agotado, pues se había quedado dormido desde el trayecto de regreso.
Federico estaba sentado junto a la carriola, con la muñeca apoyada relajadamente en el manubrio.
—¿Y la mayordoma?
Gloria se sentó frente a él e hizo el ademán de jalar la carriola hacia ella.
Pero la mano de Federico no se movió de su lugar y la carriola se quedó inamovible.
—Le di la tarde libre —respondió él en voz baja, indicándole con la mirada que se sentara—. ¿Ya lo pensaste?
Se refería a su contrato laboral con el Grupo Larrinaga. A si todavía quería conservar ese empleo.
Él ya se había dado cuenta de que, si no se lo preguntaba directamente, ella jamás tomaría la iniciativa de darle una respuesta.
—Trabajar en Grupo Larrinaga no tiene nada de malo para mí. Que el Proyecto Sudeste se haya cancelado me beneficia, así que tengo menos razones para irme.
Gloria fue completamente honesta. Sin tener que lidiar con Irene Orozco como socia, su trabajo fluiría mucho mejor.
—Me refiero a tus planes para el futuro.
Los dedos de Federico golpeaban suave y rítmicamente la superficie de la mesa.
—Quiero irme de Río Alicante.
Gloria respiró profundo. Sin darse oportunidad de dudar, soltó de golpe todo lo que llevaba pensando.
—Así que nuestro contrato matrimonial también puede darse por terminado. Los Mendizábal están sumidos en el caos, dudo mucho que tengan tiempo de venir a buscarme problemas.
Era el momento perfecto para marcharse.
Mientras hablaba, evitó mirarlo a los ojos. Como no podía descifrar las verdaderas intenciones de Federico, prefería simplemente no intentarlo.


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