Gloria se giró para mirar a Federico y justo alcanzó a notar cómo su entrecejo se fruncía durante un breve instante.
Fue como una ilusión, porque en el momento en que ella fijó sus ojos en él, la expresión de Federico ya se había relajado por completo.
—No es nada. Yo te llevo a casa —dijo él, dirigiéndose hacia la puerta.
—Prefiero manejar yo —respondió Gloria, despidiéndose de Raúl antes de salir rápidamente.
Durante el trayecto de vuelta, el teléfono de Federico sonó dos veces, pero él rechazó ambas llamadas.
A partir de ahí, no paró de enviar mensajes. El interior del vehículo se llenó con el constante sonido de la vibración de su celular.
Ese ruido solo conseguía alterar aún más los nervios de Gloria.
—¿Pasó algo en la empresa? —le preguntó, sin apartar la vista del camino.
—Un pequeño inconveniente, pero ya está prácticamente solucionado —respondió él.
La seriedad se fue apoderando lentamente de las atractivas facciones de Federico, aunque suavizó su expresión cuando volvió a mirarla.
—Mi madre no se siente bien, así que Margarita irá a cuidarla estos días. Como solo quedará la mayordoma para atender a Lalo, puedes contratar a alguien más si no te sientes tranquila.
Gloria lo miró con sorpresa. —¿La señora Vallejo se enfermó? Puedo pedir unos días de descanso, no hay demasiados pendientes en la empresa.
Para los asuntos urgentes, podía trabajar desde casa; además, le vendría perfecto para evitar cruzarse con Irene Orozco en la oficina.
—Me parece bien. Yo estaré bastante ocupado estos días —Federico tragó saliva, marcando el movimiento de su manzana de Adán, y la miró de reojo—. Concéntrate en cuidar a Lalo. Llámame si necesitas algo.
Gloria percibió una emoción extraña en sus palabras. Lo observó de nuevo, pero su rostro seguía siendo ilegible.
—¿Está muy grave?
Si la actitud de Federico estaba tan rara, tal vez Alicia tenía una enfermedad delicada.
—No es nada grave. Unos días de descanso y estará bien —Federico mantenía la mirada fija al frente. El sol matutino entraba por la ventana y bañaba su rostro, resaltando con un brillo dorado el perfil impecable de sus facciones.
Gloria no insistió más. Pisó el acelerador, decidida a llegar a Bahía Montero en el menor tiempo posible.
El sol de la mañana se reflejaba en los ventanales de la casa, deslumbrando con su intensidad.
En la entrada, había varios Maybach estacionados y, en el jardín delantero, dos filas de guardaespaldas formaban guardia.

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