Alicia los esquivó y caminó rápidamente hacia la ventanilla del doctor de guardia. —Ya les dije que yo misma lo regresaré. No les voy a entregar al niño, ni me voy a ir con ustedes.
El caos de pasos se desató a sus espaldas mientras los guardaespaldas la rodeaban, cerrándole el paso por completo.
—Si rechaza las buenas maneras y prefiere las malas, entonces no nos culpe —advirtió el guardaespaldas en un tono grave, antes de abalanzarse sobre ella junto con el resto de los hombres.
Por más que Alicia se aferró a Lalo con todas sus fuerzas, no pudo rivalizar contra la fuerza de aquellos hombres. De repente, sintió que sus brazos se quedaban vacíos, y su corazón experimentó un vacío tan grande como si se lo hubieran arrancado.
—¡Suéltenme! ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!
Alicia se aferró desesperadamente al brazo del guardaespaldas y gritó con todas sus fuerzas.
Sus alaridos retumbaron en todo el edificio, provocando que se encendieran luces y se escucharan pasos a lo lejos.
El líder del grupo la empujó bruscamente. Alicia se golpeó la cabeza contra la pared, y su visión se nubló de golpe.
Aun así, sus dedos no soltaron el borde del saco del hombre, hasta que alguien le sujetó brutalmente la muñeca y la obligó a soltarlo. Tirada en el suelo, luchó por abrir los ojos, ¡pero solo pudo ver cómo se llevaban a Lalo, impotente para detenerlos!
—Lalo...
Su voz no fue más que un jadeo, mientras su mano extendida se quedó en el vacío, incapaz de alcanzar al pequeño.
—¡¿Qué hacen?! ¡El señorito...! —La voz de Margarita se alzó en una serie de exclamaciones histéricas, sumándose a la confusión de la escena.
——
Sin darse cuenta, Gloria se había quedado dormida.
Tuvo un sueño. En él, lograba escapar de Río Alicante con Lalo. Llevaban una vida modesta, pero feliz y tranquila.
De repente, un día, un grupo de hombres vestidos de negro irrumpía a la fuerza en su casa y se llevaba al pequeño Lalo, que apenas balbuceaba sus primeras palabras.
Lalo lloraba a todo pulmón; un llanto tan desgarrador que a cualquiera le rompería el corazón.
—¡Mamá! ¡Mamá!
La tierna vocecita de Lalo resonaba en el aire, volviéndose cada vez más lejana.
Gloria corrió tras ellos, pero Lalo ya estaba dentro de un vehículo. Despertó sobresaltada, empapada en un sudor frío y gritando con desesperación: —¡Lalo! ¡Lalo!


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