—Se equivocó de persona.
Gloria le extendió la tarjeta.
—Yo no me apellido…
La vendedora sonrió, tranquila, y sacó una foto.
—Señorita Loyola, en este centro comercial todos tenemos su foto. Todos.
Los rasgos de Gloria eran muy fáciles de reconocer. En cuanto entró, alguien la identificó y lo mandó al grupo interno de empleados.
—Una disculpa, ya no los quiero.
Dejó los zapatos y se dio la vuelta.
La vendedora agarró la bolsa y la alcanzó para metérselos en la mano.
—Señorita Loyola, si usted no se los lleva, el señor Granados nos va a echar la culpa.
—Sí, señorita Loyola, no nos meta en problemas —dijo otra empleada, cerrándole el paso.
Con el carácter de Jaime, era muy capaz de hacerlo.
Ellas se veían desesperadas; Gloria, agotada.
—Luego le pago al señor Granados.
Gloria aceptó los zapatos y por fin la dejaron irse. Se fue directo a Holding Rivadeneira.
En cuanto llegó, con su portafolio en mano, se encaminó a la sala de juntas.
El gerente del área de proyectos estaba explicando los puntos clave del trabajo con la familia Orozco.
La reunión ya llevaba hora y media. Federico estaba recargado en la silla, con las piernas cruzadas, relajado y despreocupado.
Gloria abrió la puerta y varias personas voltearon. Ella saludó con un leve gesto y se sentó junto a Federico.
—Señor Córdoba —susurró.
Federico levantó la vista apenas, como respuesta.
—Aunque este tipo de proyectos ya los hemos hecho muchas veces, no vamos a bajar la guardia. Vamos a maximizar la estabilidad y entregar el proyecto como se debe.
El gerente sentía la presión: Federico estaba demasiado encima.
Para la familia Orozco, esta colaboración era crucial; definía si podían subir de nivel.
Para Holding Rivadeneira, con toda su experiencia, no era un proyecto como para hacer tanto show.
Pero como el cliente era la familia Orozco, Federico estaba ahí en persona y a todos les pesaba el doble.
—Gloria, vuelve a confirmar los detalles con proyectos. Cuando lo tengas, me lo reportas tú sola. Por hoy, aquí le paramos.
Federico cerró la laptop, se levantó, se acomodó el traje y salió de la sala.
—El señor Córdoba seguro ya no aguantó y fue a alcanzar a la señorita Orozco —dijo el gerente, cargando una pila de documentos y acercándose a Gloria—. En cuanto llegaste, por fin pudo zafarse.
A Gloria le tembló un poco el párpado al ver la espalda de Federico alejándose, apurado.
Se le escapó una sonrisa mínima.
—Gerente Bautista, ¿me hace el favor de repasarlo conmigo otra vez?
—No es por nada, pero proyectos más importantes que este, el señor Córdoba ni los pela tanto. Él… ¡mm!
No terminó: alguien le tapó la boca.
—¿Quieres que te corran? ¡Como te oiga el señor Córdoba, te manda por un tubo!
La gente se fue saliendo en grupitos. Solo se quedaron Gloria y los del área de proyectos.
Al mediodía, Gloria hizo una pausa.
—Gracias por toda la mañana. Vayan a comer; lo que falta lo saco yo. Si hay dudas, en la tarde los busco.

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