—¿Tu pareja no vino contigo?
La doctora revisaba el ultrasonido mientras hablaba.
—El bebé está muy sano. Aunque eres una mamá joven, lo mejor es que el papá participe en el embarazo y también cuando nazca, ¿sí? Es importante.
A Gloria se le endureció la sonrisa.
—Tiene cosas que hacer. No pudo venir.
—Más adelante, cuando toque el estudio más completo, si el papá puede venir, tráelo. Ahí se ve si se parece más a él o a ti, y también es una buena oportunidad para que se conecte con el bebé.
La ginecóloga, una mujer de unos cuarenta y tantos, tenía un trato amable y suave.
—Ustedes, las parejas jóvenes, a veces no le dan importancia a esto. La otra vez también viniste sola. El papá tiene que involucrarse; si no, luego te toca todo a ti y es pesadísimo. Y crecer sin papá también le puede afectar al niño…
Gloria escuchó en silencio, sin encontrar dónde meter palabra.
Pero cada frase se le quedó clavada.
Crecer sin papá le puede afectar al niño.
Cuando Gloria llegó con Virginia, todavía traía la voz de la doctora rondándole la cabeza.
—¿En qué andas, ida? —Virginia le agitó la mano frente a la cara—. Te estoy hablando. ¿Qué vas a hacer, pues?
¿Qué vas a hacer? Era el tema de siempre, cada vez que Virginia la veía.
Gloria recogió sus pensamientos y suspiró.
—Solo me queda esperar a que se presente una oportunidad. Si no, aguantar hasta que se acabe el contrato y ya irme.
Su instinto le decía que Irene no la iba a dejar cerca de Federico.
Virginia inhaló, preocupada.
—¿Y no te da miedo que te descubran?
—Sí —asintió Gloria—. Desde que decidí quedarme con el bebé, esto es una apuesta. Ahorita el panorama no me favorece, pero eso no significa que ya perdí.
—Lo ideal es salir limpia. Pero si no se puede, que se vaya al diablo la chamba. Lo peor que puede pasar es que ya no trabajes de esto.
Virginia se dio un golpe en el pecho.
—Te vienes conmigo a redes. Yo te mantengo.
En cuanto entró al fraccionamiento, vio un superdeportivo azul marino estacionado abajo de su edificio.
La ventana estaba a medias y la luz interior, azulada, le iluminaba la cara a Jaime.
Él volteó y le sonrió a Gloria.
A Gloria le dio la sensación de que un fantasma la había agarrado de mira y no la iba a soltar.
Se hizo la que no lo vio, estacionó y bajó. Con la bolsa al hombro, caminó hacia la entrada.
—¿Después del chequeo a dónde te fuiste?
Jaime bajó del carro y se le atravesó, un paso antes, en la puerta del edificio.
—Te estuve esperando todo el día.
Gloria se detuvo, harta.
—Jaime, tus broncas con Federico no me interesan. Y si crees que acercándote a mí lo vas a amenazar, no vas a lograr nada.
***

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