—Ni siquiera un hombre cualquiera le cambia el pañal a su propio hijo así como así.
Virginia Reinoso se cruzó de brazos y observó a Federico Córdoba de pies a cabeza.
—Ese hombre está en la cima del mundo empresarial; cuando mueve un dedo, todo el sector tiembla. ¿Cómo es posible que alguien como él esté cambiando pañales? ¡Con solo firmar un papel se gana miles de millones de pesos!
Mientras hablaba, no dejaba de chasquear la lengua con asombro.
—Él... —Gloria Loyola intentó explicar algo por instinto.
Pero en cuanto abrió la boca, no supo por dónde empezar.
—Así que, viéndolo bien, no es tan mal partido. ¿Por qué no consideras poner las cartas sobre la mesa? —Virginia desvió la mirada y sorbió por la nariz para ocultar su nerviosismo—. Siento que ustedes dos harían muy buena pareja.
Gloria se quedó completamente muda ante tal comentario.
Cuando Gloria quiso divorciarse, Virginia fue la primera en apoyarla sin reservas, se la pasaba maldiciendo a Federico diciendo que era de lo peor, asegurándole que un matrimonio sin amor no valía la pena. ¿Dónde había quedado esa Virginia?
—Solo digo que el niño me da algo de lástima —se justificó Virginia al sentirse incómoda bajo la mirada de su amiga—. Desde que tuve a mi bebé, mi forma de pensar ha cambiado un poco. Al final de cuentas, Federico es el papá de Lalo, de eso no hay duda...
—Antes decías que lo mejor era robarle los buenos genes a Federico para tener un hijo y luego largarse lejos para no tener que aguantar su pésimo carácter.
Gloria le repitió exactamente lo que ella misma había dicho.
Virginia titubeó un segundo e hizo una mueca.
—¡Ay, ya te dije que cambié de opinión cuando tuve a mi hijo!
—Eso que te acabo de repetir lo dijiste cuando Bruno ya tenía seis meses.
En ese entonces, Virginia ya era mamá.
Gloria lo recordaba a la perfección.
—¡Uy! ¿Bruno quiere montar a caballo? Ven, chiquito, te llevo.
Virginia se dio la media vuelta y caminó a toda prisa hacia donde estaba Bruno, que jugaba muy feliz a kilómetros de distancia con Raúl Esquivel.
Gloria se quedó sin saber qué decir.
Pobre Bruno; apenas estaba aprendiendo a caminar y ya terminaba cargando con las ocurrencias de su mamá.
Estaba jugando lo más tranquilo cuando de pronto Virginia lo cargó y lo subió al lomo de un caballo.
Gloria apartó la mirada y volvió a fijarse en Federico y en Lalo.
Lalo parecía tener hambre. Después de cambiarle el pañal, Federico empezó a prepararle un biberón de fórmula.
Gloria soltó un ligero «ah» y enseguida le mandó un mensaje a Pablo para preguntarle.
Todavía esperaba que, por algún descuento o por conocer a alguien, la leche no hubiera salido tan cara.
Al poco rato, Pablo le mandó una factura con el total de la compra.
La buena noticia: no era carísima. La mala noticia: solo costaba unos miles de pesos menos de lo habitual.
Haciendo cuentas, después de pagarle a Federico con el efectivo que traía en la bolsa, apenas le quedaría para sobrevivir un tiempo.
Le pidió a Pablo que le mandara una lista completa con todo lo que le habían comprado a Lalo; temía equivocarse en el cálculo y terminar pagándole de menos a Federico.
Pablo no le dio muchas vueltas y se la mandó.
Y sí, a Gloria se le habían escapado varios detallitos que Federico le había comprado al niño.
Sumando todo, le debía diez mil pesos más.
Entre más cuentas hacía, más se le encogía el corazón. En ese mismo instante le mandó un mensaje a Jaime Granados para platicar sobre la posibilidad de regresar a trabajar antes de tiempo.
Jaime le marcó de inmediato; el zumbido del celular se escuchó clarísimo en la silenciosa sala.

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