Con la chamba hasta el cuello, Gloria trabajaba horas extra incluso los sábados y domingos.
Por fin, cuando le aprobaron dos días de descanso, fue al hospital a hacerse un chequeo.
Para que nadie la reconociera, se puso cubrebocas y gorra, bien tapada.
Casi todas las que esperaban su revisión iban acompañadas. Entre tantas parejas, Gloria sola llamaba la atención.
Buscó un lugar en una esquina y se sentó. Desde debajo de la visera, sus ojos brillantes se quedaron en una pareja de recién casados, no muy lejos.
Hace rato, al pasar, los oyó platicar: llevaban apenas tres meses de casados y ya venía un bebé en camino.
Los dos, todavía bien jóvenes, estaban emocionadísimos con esa nueva vida. Se les notaba en la cara la alegría y la ilusión de estar a punto de ser papás.
Gloria se acarició el vientre con suavidad y se le levantó tantito la comisura de los labios.
Ella también esperaba con ansias la llegada del bebé.
—¿Gloria?
Jaime, con unos resultados de laboratorio en la mano, estaba a unos metros, ladeando la cabeza para verla bien.
Gloria volteó por el llamado y la sonrisa se le congeló.
—¡No manches, sí eres tú! —Jaime, sorprendido, caminó hacia ella y casi se lleva de corbata a una embarazada de panza grande—. ¿Qué haces aquí?
A estas alturas, ya era demasiado tarde para fingir que no era Gloria.
Se levantó, tensa.
—Yo… vine a hacerme un chequeo.
Jaime miró alrededor, panza tras panza.
—¿Chequeo de embarazo?
—En el chequeo general para mujeres también entra el ultrasonido.
Además de Gloria, había otras mujeres formadas para revisión ginecológica. Aun así, Jaime no terminaba de creerle. La barrió de arriba abajo con la mirada.
—¿Y tú qué necesidad tienes de checarte?
—Pedí permiso por malestar de estómago. Ya estando aquí, aproveché para hacerme un chequeo completo.
Sin cambiar el tono, Gloria le dio la vuelta al tema.
—¿Usted todavía no sale del hospital, señor Granados?
La cara de Jaime se ensombreció al instante y se sentó a su lado.
—Gracias a Federico, me voy a quedar internado un rato.
Por ahora podía decir que lo habían removido del puesto por “cuestiones de salud”.
Si lo daban de alta, ¿cómo iba a ocultar que Federico lo había hundido?
—¡Número 32, Gloria!
Gloria se levantó y tomó su bolsa.
—Señor Granados, mejor váyase. Mi revisión va a tardar…
No terminó la frase. Jaime le arrebató la bolsa.
—Yo te la cargo. Tú entra.
Gloria quiso quitársela, pero él la abrazó contra el pecho y se puso a jugar con el celular con las dos manos, sin dejarle espacio para recuperarla.
—¡Número 32, Gloria…!
La máquina volvió a llamar.
Gloria no tuvo de otra que entrar al consultorio con la orden en la mano.
Por lo menos, viendo a Jaime, parecía que ya le había creído que solo era un chequeo.
—Señorita Loyola, ¿verdad? Diez semanas —le informó la doctora mientras revisaba—. El bebé va muy bien. Pero usted está muy delgada; necesita comer más y subirle a la nutrición.
Gloria ladeó la cabeza y miró la pantalla del ultrasonido: una manchita borrosa.
—Aquí está el bebé… el bracito, la piernita…
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA