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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 603

[Que yo recuerde, en Belgrano Norte solo ha llovido así de fuerte una vez, pero aquí en Río Alicante ya van varias. Hasta se cayeron los árboles del patio de mi casa y Bruno se despertó con el ruido.]

Gloria tocó la pantalla de su celular, a punto de responder, cuando de repente un trueno ensordecedor la hizo dar un brinco por el susto.

Se escuchó un llanto desgarrador.

Lalo se había asustado y empezó a llorar a todo pulmón.

Gloria encendió la lámpara de noche y levantó a Lalo. Intentó darle pecho, pero él no quiso; se puso de pie para arrullarlo caminando, pero tampoco funcionó. Lloraba tanto que tenía la carita roja.

—Ya, mi amor, ya pasó. Mami está aquí —lo consolaba ella.

Afuera, la lluvia arreciaba y los truenos seguían retumbando con fuerza.

Gloria pegó su rostro al oído de Lalo, susurrándole palabras para calmarlo.

Pero Lalo parecía no escucharla; seguía berreando desconsolado.

Lloraba con tanta fuerza que se le marcaron las venitas en la frente. Su rostro seguía rojo, pero sus labios comenzaron a ponerse morados.

—¿Lalo? ¡Lalo! —Lo llamó una y otra vez, dándole palmaditas suaves en las mejillas.

Pero Lalo soltó un llanto prolongado y se quedó sin aire, sin siquiera poder respirar.

—¡Federico! ¡Federico! —Gloria entró en pánico y gritó su nombre por puro instinto.

Abrió la puerta con Lalo en brazos, a punto de salir corriendo, cuando una figura le bloqueó el paso.

—Dámelo —dijo él.

Federico, que solo llevaba puestos unos pantalones de pijama azul marino y estaba con el torso desnudo, tomó a Lalo, lo acostó en la cama y le dio un golpecito en la planta del pie.

El piecito de Lalo dio un respingo e inmediatamente soltó el aire y volvió a llorar con fuerza. El color morado de sus labios fue desapareciendo poco a poco hasta volver a la normalidad.

Gloria se quedó pegada a Federico, sin separarse ni un centímetro. Lo observó arrullar a Lalo, hablándole con voz suave, hasta que el bebé se fue calmando.

El pequeño tenía la carita empapada de lágrimas, partiendo el corazón de cualquiera que lo viera. Pasó de estar rojo por el berrinche a quedarse dormido con un par de lágrimas asomándose en sus pestañas. Al ver esto, el nudo en la garganta de Gloria comenzó a ceder.

Federico ya se había llevado a Lalo a la planta baja.

Al recordar lo que había pasado la noche anterior y no ver a Lalo al despertar, Gloria sintió una punzada de angustia.

Se arregló rápido y bajó las escaleras. Justo al llegar al descanso, escuchó al ama de llaves y a Margarita jugando con Lalo. Eso la hizo respirar aliviada.

—Señora, ¿ya despertó? —Margarita se hizo a un lado para dejarla pasar—. El señor ya me platicó lo de anoche. No se preocupe, el niño solo se llevó un buen susto. ¡Híjole, es que esos truenos estaban de miedo!

—Sí —respondió Gloria mientras tomaba a Lalo en brazos y juntaba su mejilla con la de él—. Yo no pude calmarlo por nada del mundo. Supongo que como Federico pasa tanto tiempo con él, logró tranquilizarlo.

Margarita soltó una risita. —Esa es solo una parte de la razón. Allá en mi rancho dicen que los hombres imponen más presencia. El bebé siente esa seguridad y por eso se le quita el miedo.

El ama de llaves asintió, dándole la razón. —Los niños no solo quieren a quien los cuida. Usted le da pecho, siempre va a ser la persona más cercana para él. Pero cada quien tiene su rol, y usted tampoco puede ocupar el lugar de su papá.

Gloria, aliviada de ver bien a Lalo, sintió una punzada de culpa al escuchar eso.

—Exacto. Ya ve lo que dicen, dos cabezas piensan mejor que una. Y criar a un chamaco es igual, papá y mamá son indispensables… —siguió platicando Margarita.

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