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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 59

—Nada, nomás pregunto.

Investigar qué había pasado mientras Gloria estuvo fuera de la oficina central esos seis meses tenía que hacerse con discreción, y para Paulina era dificilísimo.

Escuchó que ese día Gloria había ido al hospital a ver a Jaime y corrió a preguntar.

—No somos tan cercanos —respondió Gloria con honestidad—. Y no se te olvide: es el enemigo de tu hermano.

Si Gloria fuera muy cercana a Jaime, ya sería demasiado.

—Ah… sí, cierto —Paulina se rascó la cabeza—. Fue pregunta al aire, no lo tomes a mal.

Gloria la miró, esperando que siguiera preguntando.

Pero Paulina se levantó y, mientras se iba, soltó:

—¡Voy por tu comida! ¡Espérame!

—¡Oye…! —Gloria quiso detenerla; ya no había tiempo.

Pero Paulina salió disparada.

Paulina compró algo rápido cerca y, en el camino, le marcó a doña Valentina de Córdoba.

—Dijo que no es cercana a Jaime, abuela. ¿Tú le crees?

A doña Valentina le dolía la cabeza.

—A estas alturas, cualquier hombre que haya tenido contacto con Glori es sospechoso.

Paulina sintió que se le venía el mundo encima. En la sucursal, los hombres que habían tratado con Gloria no eran “unos cuantos”: eran un montón.

Se iba a tardar años en revisar todo.

Mejor empezaba por lo más fácil.

Por lo menos Jaime era figura pública; su paradero de estos seis meses sería más sencillo de rastrear…

***

Faltando diez minutos para entrar, Paulina le llevó la comida a Gloria.

Gloria comió rápido, tomó un vaso de agua y luego guardó el portafolio, lista para acompañar a Federico a ver a un cliente.

—Fede, llévame contigo.

Se abrió la puerta de la oficina. Irene venía detrás de Federico, pegada como sombra.

—No te voy a estorbar, ¿eh? Me siento a un lado y ya.

Federico caminó directo hacia Gloria. Su tono era firme, aunque sonaba cansado.

—Quédate en la empresa.

—No quiero —Irene hizo berrinche—. ¡No quiero separarme de ti!

—Sí —respondió Gloria, siguiéndolo como en automático.

La familia Orozco no era del nivel de los Córdoba, pero en Belgrano Norte también tenía peso.

Gloria, sin respaldo, sin papás, una huérfana… por más que se esforzara, no podía compararse con Irene.

Lo que Federico dijo era la verdad.

Y nunca como en ese momento Gloria sintió tan claro lo humillante que era la diferencia de origen.

En el elevador, el aroma limpio de Federico se mezclaba con un perfume suave. Le llenó la nariz.

De pronto le faltó el aire.

La sensación de ahogo le revolvió el estómago, quizá por lo que acababa de comer.

Gloria se tapó la boca con la mano, intentando calmarse.

El elevador paró en el estacionamiento.

Federico salió primero.

Gloria lo siguió. Pero apenas salió, del bote de basura a la derecha le llegó un olor penetrante.

Ya no se aguantó: se volteó y corrió a una esquina, con arcadas…

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