—Tú sí sabes hablar. Entonces hazlo tú por él.
Doña Valentina, viendo que no iba a convencerla, se volteó y llamó a don Mariano:
—Viejo, vámonos a dormir.
Don Mariano acomodó las fichas una por una y se levantó para subir con ella.
***
El proyecto de Consorcio Río Claro ya iba encaminado y Gloria volvió a trabajar en el piso de hasta arriba.
Apenas iba llegando cuando le sonó el celular. Era Jaime.
—Señor Granados.
—Gloria, sigues evitándome.
En varias reuniones con la gente de Grupo Larrinaga, Gloria no había ido.
Sí, en parte no quería ver a Jaime, pero sobre todo andaba hasta el cuello de trabajo.
—¿Se le ofrece algo? Estoy en la oficina —preguntó Gloria.
Jaime resopló.
—Nomás te aviso: ese Raúl conoce a Federico e Irene. Si lo dejas como tu doctor, aguas con que se te destape lo del embarazo.
Últimamente había estado ocupado y no había checado lo que pasaba en el hospital.
Hasta hoy se enteró de que el ginecólogo anterior de Gloria renunció.
Y que Raúl quedó a cargo de ella.
—Gracias por avisar. Elegí a otra doctora —respondió Gloria, educada.
Si no fuera por aquel día que se topó a Federico en el hospital, ahorita ya estaría con Raúl.
—Órale —dijo Jaime—. ¿Qué, tan lista? ¿Y qué tal, ya se te nota más la panza? ¿Todavía no te cachan?
Su “preocupación” venía mezclada con ganas de ver el desastre.
—Lamento decepcionarlo. Por ahora, no —dijo Gloria.
Ella también estaba esperando.
Esperando a que lo descubrieran.
Pero Irene no había hecho nada, y en la empresa nadie parecía notarlo.
—Bueno, bueno. Cuando el proyecto baje tantito de intensidad, armo una cena de celebración. Ahí sí vienes, ¿eh?
Jaime le echó flores.
—Yo te consigo el mejor bono posible frente a Federico.

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