—No.
Gloria lo negó de inmediato. El corazón le latía a toda velocidad.
Federico la observó fijo.
—¿Se conocen? —preguntó Raúl.
Raúl parecía de treinta y tantos. Tenía la piel muy pálida, ojos pequeños y despiertos, y el cabello peinado con raya al medio y buen volumen.
Su complexión delgada hacía que al lado de Federico se viera frágil.
Su voz era clara y agradable; de ese tipo suave y atento.
Gloria forzó una sonrisa rígida y se acomodó el fleco detrás de la oreja.
—Señor Córdoba… vine a agendarle a Virginia su revisión de los seis meses posparto. Su doctora se fue y me dijeron que lo viera con el doctor Esquivel.
Virginia y ella tenían al mismo ginecólogo; ahora las habían reasignado a Raúl.
Raúl miró a Federico, luego a Gloria.
—Trabaja conmigo —explicó Federico, seco, para aclarar quién era Gloria.
—Ah, ya —respondió Raúl.
Federico asintió apenas, apartó la mirada de Gloria.
—Me voy.
No quedó claro si se lo decía a Raúl o a Gloria.
Gloria se hizo a un lado de inmediato.
—Que le vaya bien, señor Córdoba.
Bajó la cabeza; su vista se quedó en las piernas largas y rectas del hombre.
Cuando Federico se alejó, Gloria levantó la mirada hacia Raúl.
—Doctor Esquivel, ¿usted conoce al señor Córdoba?
Raúl asintió y luego negó.
—No tanto. Tenemos amigos en común.
Gloria pensó un momento y le pasó el expediente de Virginia.
—Doctor Esquivel, aquí está el expediente de mi amiga. Se lo encargo.

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