La mirada de Federico se clavó, sin margen de error, en César.
Pero él solo dijo:
—¿Ah, sí? No sé.
Dicho eso, se encaminó hacia la salida.
—En toda la empresa se está diciendo… Fede, ¿a poco tú ni te has enterado?
Irene lo alcanzó a paso rápido.
Pero dijera lo que dijera, Federico contestaba con puras frases cortas.
«No sé. No tengo idea. ¿Ah, sí?».
Unos minutos después, los dos se subieron al carro.
Gloria encendió el motor y se metió al tráfico.
Adentro reinaba el silencio. El olor tenue a cigarro y alcohol que traía Federico se fue esparciendo poco a poco.
Él seguía sentado junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad que se deslizaban en la noche.
—Gloria —rompió el silencio Irene.
Gloria miró por el retrovisor.
—Señorita Orozco, ¿qué pasa?
—Me dijeron que estás saliendo con alguien de Grupo Viker. ¿Es cierto?
Irene la preguntó como quien no quiere la cosa, pero de reojo checó la cara de Federico.
Gloria no esperaba que le sacara un tema tan personal de la nada. Notó ese gesto furtivo de Irene y, tras pensarlo un momento, respondió:
—Todavía no es así.
Esa respuesta ambigua, en los oídos de Irene, sonó a que Gloria quería negarlo.
—O sea… ¿no han llegado al punto de hacerlo público?
En el semáforo, Gloria pisó el freno.
El tiempo pasó lento; antes de que cambiara a verde, Gloria soltó un sonido breve por la nariz.
—Ajá.
Con lo que quería oír, Irene sonrió, satisfecha.
—Ayer vi a ese tipo. Está guapo.
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