Al notar la mirada de Federico, César hizo un gesto respetuoso.
—Hasta luego, señor Córdoba.
Federico no mostró emoción alguna. Tragó saliva, como si fuera a responder… pero no dijo nada. Se sentía como si ni siquiera quisiera pelarlo.
César no insistió.
Pensó que, tal vez, gente como Federico —hombres así de importantes— traían esa soberbia natural de quien vive por encima de todos. Y que alguien “normal” como él simplemente no era de su círculo.
Cuando César y Vidal subieron al carro, Gloria se dio la vuelta para regresar a la empresa: tenía prisa por reunir a su equipo.
La puerta del elevador estaba por cerrarse cuando una mano, de dedos largos y marcados, se metió de golpe entre las hojas.
El elevador se volvió a abrir.
Federico entró con paso decidido.
Gloria estuvo a punto de decirle que ese no era el elevador exclusivo de dirección, pero él ya estaba adentro… y ni siquiera presionó el botón del último piso.
Las puertas se cerraron despacio. En el espacio reducido, El aroma tenue de su loción, con un toque amaderado, llenó el espacio.
A solas con Federico, a Gloria todavía se le revolvía el estómago. Sin pensarlo, se hizo hacia una esquina.
El elevador pitó y se detuvo en el piso diecisiete.
Gloria avanzó, pasó pegada a él para poder salir y dijo, con cortesía:
—Señor Córdoba, yo me regreso a lo mío.
Se fue.
Federico se quedó inmóvil.
A través de la rendija de la puerta que se cerraba, la miró alejarse con esa prisa que parecía urgencia por huir.
El resto del día, Gloria no logró concentrarse. Después de la junta, esa sensación de que algo malo venía se le subía a la garganta una y otra vez, cortándole el ritmo de trabajo.
Al atardecer, cuando por fin salió, ya eran las siete y media.
A inicios del verano, anochecía tarde. Subió con el carro desde el estacionamiento subterráneo y todavía había algo de luz.
Se metió al tráfico y el ruido de la ciudad entró por la ventana entreabierta.
El timbre del celular sonó de repente, y a Gloria se le fue el alma al piso.
Contestó por Bluetooth.
—Gloria, pasó algo.
La voz de Jaime sonaba seria, sin bromas.


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