Sin venir a cuento, a Federico se le metió en la cabeza la imagen de Gloria el día que le pidió el divorcio: esa carita impecable, pero con una distancia helada, como si ya no lo conociera.
Durante esos dos años de matrimonio, Gloria había sido como una muñeca: hermosa de un modo difícil de explicar. A cada rato, sin proponérselo, lo dejaba con la cabeza hecha un desastre.
Pero también sabía ponerse límites. Y eso hacía que Federico, incluso cuando se le iba la onda, se obligara a mantenerse cuerdo.
Se apretó el puente de la nariz y obligó a sus pensamientos a volver al presente. Sus ojos recuperaron el enfoque, poco a poco.
***
Vidal llegó con César para firmar el contrato.
Gloria ya traía todo listo. Acompañó a Federico a la sala de juntas y, en cuanto entraron, vio a César, de traje, sentado junto a Vidal.
—Señor Córdoba. Gloria.
César se puso de pie y le hizo un gesto cortés a Federico con la cabeza.
Pero al decir “Gloria”, el tono se le suavizó de inmediato.
Vidal lo miró con una sonrisa, y esa mirada cargada de intención se paseó entre César y Gloria.
—Señor Beltrán —saludó Gloria, y solo se dirigió a Vidal.
No sabía con qué cargo venía César, así que llamarlo por su nombre no se le hizo correcto.
Vidal asintió a modo de saludo y siguió, como si nada:
—Señor Córdoba, a partir de ahora la colaboración con Holding Rivadeneira la va a llevar César. Ya es el gerente del proyecto.
Federico jaló una silla y se sentó. Se acomodó el reloj en la muñeca y miró a César con una expresión difícil de leer.
—Señor Córdoba, mucho gusto. Espero que trabajemos bien juntos.
César se inclinó un poco y le extendió la mano.
Federico se la estrechó apenas y habló con una calma que pesaba:
—¿Y esto significa que también va a poner a Gloria a cargo de esa colaboración?
Vidal captó el fastidio escondido en esa frase y se apresuró a responder:
—No, señor Córdoba. Todo se queda como estaba planeado.
Gloria se sentó frente a César, como si no hubiera escuchado lo que dijo Federico. Le hizo un gesto leve con la cabeza.
—Señor Vega.


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