Gloria le contó a Virginia todo lo que había dicho Elena, de principio a fin.
—No sé… se me hace raro.
—Ella… —Virginia no alcanzó a seguir, porque el bebé empezó a llorar a todo pulmón.
Se levantó de inmediato, cargó a Bruno y lo arrulló.
—Ya, ya… no llores. Aquí está mamá…
Virginia caminó por el cuarto de un lado a otro con el niño en brazos, y le hizo una seña a Gloria.
—Vete a mi cuarto a descansar un rato. Te traes una cara horrible de tanto andar corriendo.
Gloria se quitó el abrigo y fue hacia el cuarto de Virginia.
—Me duermo tantito y cuando despierte te ayudo con el bebé.
—Va. Ponlo un ratito sobre tu pancita, para que se vaya acostumbrando a ti.
Virginia le dio unas palmadas suaves a Bruno en el pañal.
—Tú hazle caso a tu madrina: tus genes y los de Federico no están tan lejos…
A Gloria, en cuanto oía el nombre de Federico, le empezaba a doler la cabeza.
Se acostó, dio vueltas y no logró dormirse bien.
Entre dormida y despierta, hasta soñó que Federico la llamaba a su oficina para interrogarla por el embarazo.
Cuando abrió los ojos, ya era por la tarde.
Virginia también acababa de despertar; se había dormido la siesta con el bebé en el cuarto del niño.
Gloria ayudó con el bebé hasta la noche. Cenó y se fue a su casa; Virginia se quedó para hacer una transmisión en vivo y trabajar.
Al día siguiente.
La mañana de principios de verano en Belgrano Norte traía un fresco ligero.
Gloria se puso una gabardina negra, con un vestido blanco y negro debajo.
Apenas entró a su oficina, Mirella tocó y pasó.
—Glori, el señor Córdoba dice que en cuanto puedas subas.
A Gloria se le heló la espalda.
—Está bien.

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