Por cómo iba vestida Irene y por su porte, se notaba que no era cualquier persona.
Lucía, en cuanto se dio cuenta con quién se había metido, se le bajó de golpe. Tras unos segundos de culpa, se volteó y ayudó a Gloria a levantarse.
—¿Estás bien? ¿No te sientes mal?
Como si le preocupara que le fueran a armar un escándalo, Lucía dijo un par de frases “por compromiso” y luego miró a Irene.
—Oye, si traes la pierna así, ¿para qué andas por ahí? Te aviso que ella está…
Cuando dijo “ella”, Lucía jaló a Gloria y la llevó hasta donde estaban Federico e Irene.
Señaló el vientre de Gloria, a punto de soltar “está embarazada”.
—¡Señor Córdoba!
—¡Fede!
Dos voces sonaron al mismo tiempo.
La primera fue la de Gloria.
No sabía cuánto llevaba Federico ahí, pero… ¿y si no había alcanzado a entender? Gloria se aferró a esa esperanza y le cortó a Lucía la frase.
Irene, por su parte, se abrazó del brazo de Federico, con los ojos aguados.
—Me duele muchísimo la pierna. Llévame con el doctor; siento que se me movió el yeso otra vez.
A Federico se le frunció el ceño.
Recogió la cobija que se había caído al piso, se la acomodó a Irene en las piernas y se la llevó rápido, empujando la silla de ruedas.
Irene había ido a revisión.
Apenas acababa de hacerse unos estudios y ya estaba pidiendo que la volvieran a revisar; al doctor le pareció raro.
Cuando le contaron lo que pasó, le quitó el yeso y le apretó con cuidado.
—¿Te duele?
Irene se aferró a la ropa de Federico y asintió despacito.
—Un poco.
—No es nada grave. Ni siquiera era fractura; aunque se haya golpeado, solo duele. No se “zafa” —dijo el doctor, volvió a acomodar el yeso y le recetó analgésicos—. Si te duele, te tomas una.
Federico tomó el medicamento y se llevó a Irene.

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