Lucía explicó.
Era una habitación VIP. Además de la cama del hospital, había una cama extra para acompañante. También tenía sillones, una mesita, televisión… todo el paquete.
El lugar estaba silencioso, casi como estar en casa. La verdad, el ambiente era muy bueno.
—¿Y esto…? —Virginia soltó sin pensarlo—. Ha de costar un dineral, ¿no?
Esa habitación salía, mínimo, más de diez veces lo que una normal.
—El señor Granados dijo que él se hacía cargo de la hospitalización —comentó Lucía—. La medicina… eso sí lo pagan ustedes.
Mientras hablaba, abrió la comida que habían traído y fue acomodando los recipientes.
Gloria se acercó a la cama y miró a Elena, que traía un gorrito negro.
—Oye, ¿por qué traes gorro aquí adentro?
En cuanto lo dijo, se dio cuenta de que la niña tenía los ojos rojos.
—¿Qué pasó?
Elena sorbió la nariz y se le llenaron los ojos de lágrimas al instante.
—Lucía me cortó el pelo.
Gloria se quedó helada. Levantó tantito el gorro para asomarse.
El cabello, antes negro y brillante, ahora estaba rapado.
—¿Y tú por qué lloras? —dijo Lucía, sentándose—. Ya te había dicho: cuando uno se enferma, hay que cortárselo. Si no, de todos modos se te va a caer todo, y luego vas a traer pelos por todos lados.
Elena bajó la cabeza y siguió llorando en silencio.
—Elena, tranquila… te vuelve a crecer —la consoló Gloria.
Sacó una servilleta y le secó las lágrimas.
—Pero se tarda un buen…
Las lágrimas le caían una tras otra.
—Otro día te compro una peluca —le dijo Gloria en voz bajita—. Más larga que tu pelo de antes. Te la pones diario, hasta que te crezca como lo tenías. ¿Va?
Elena por fin dejó de llorar.
—¿De verdad?
—Claro —asintió Gloria.
Lucía metió su cuchara:


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