Platicó un poco más y salió del cuarto.
Había mucha gente esperando el elevador, así que Gloria bajó por las escaleras hasta la planta baja.
Apenas llegó al centro del lobby, vio a Federico saliendo del elevador empujando la silla de ruedas de Irene.
Irene traía la pierna enyesada, un vestido blanco y una cobija rosa sobre las piernas.
Detrás de ella, Federico iba de traje negro. Se veía helado, como si nadie pudiera acercársele.
Dos guardaespaldas les iban abriendo paso entre la gente, despejándoles el camino.
Y, como si fuera broma, Gloria estaba justo al final de ese pasillo.
Cuando reaccionó, quiso irse de inmediato, pero ya era tarde.
—Gloria —la llamó Irene primero, con voz suave.
Gloria se detuvo y volteó.
—Señor Córdoba, señorita Orozco.
—Fede, vamos. —Irene le apretó la mano.
Federico respondió con un “ajá” y la empujó hasta quedar frente a Gloria.
Irene alzó la vista.
—Vengo a pedirte disculpas por mi mamá. Te malinterpretó y, por mí, fue a molestarte. Espero que no te lo tomes a pecho.
A Gloria se le movió el párpado, confundida.
¿Era la misma Irene orgullosa que siempre la trataba como si estuviera por encima?
¿Pedir disculpas por Helena?
—Sé que por mí te causé muchos problemas. Ya no va a volver a pasar. Y… espero que puedas seguir en Holding Rivadeneira, ayudándole a Fede. ¿Sí?
Irene se veía sincera.
Gloria nunca la había visto así, y no sabía cuánta de esa “sinceridad” era real.
¿Habrá sido cosa de Jaime?
Le estaban poniendo, así de fácil, el pretexto perfecto para quedarse en Holding Rivadeneira.
Pero Gloria sentía que ese “pretexto” se podía caer en cualquier momento, y eso le daba mala espina.
Aun así, al pensar en los gastos médicos de Elena, en que necesitaba dinero…
—Señorita Orozco, no es para tanto. Con que se haya aclarado el malentendido, está bien. Y si puedo seguir trabajando para el señor Córdoba, es un honor.
Debajo de la cobija, Irene apretó con fuerza la tela del vestido.
Pero en la cara sonrió.

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