Federico prácticamente le había “arrebatado” a Gloria a Alicia y a Helena.
Si la dejaba ir, Alicia y Helena iban a cobrárselo.
—Ese problema no lo hice yo. Pero si me voy, se acaba.
Que Gloria se fuera era justo lo que Alicia y Helena querían.
—Te estás justificando como puedes —Federico vio esa terquedad escrita en su cara limpia y pálida; su presencia se volvió más cortante.
Gloria bajó la mirada y no dijo nada, esperando su decisión.
No supo cuánto tiempo pasó. Al final, la mirada oscura de Federico se calmó.
—Aquí está el acuerdo de renuncia. Si firmas, te vas hoy mismo. Pero por tu situación… le agregué una cláusula.
Sacó un documento del cajón de la derecha y lo empujó hacia ella.
Gloria lo tomó y lo revisó por encima.
—Gracias, señor Córdoba.
Había demasiadas cláusulas; no iba a terminar ahí. Tenía que llevárselo.
—Firmas y lo entregas a Recursos Humanos. Piénsalo bien. Si te vas… no esperes regresar.
Federico aventó la pluma a un lado, juntó los papeles del escritorio, los metió al portafolio y se levantó para irse.
Gloria salió detrás de él. Se separaron en el área de elevadores.
Ella se quedó frente al elevador de empleados; Federico entró directo al elevador privado.
Cuando las puertas se cerraron, Gloria por fin levantó la vista.
Federico sí aceptó que renunciara.
Todavía no leía la famosa cláusula, pero conociéndolo… no iba a ser algo tan descarado.
Viendo cómo bajaba el elevador, Gloria se quedó en blanco un instante.
El celular sonó de golpe y la regresó a la realidad. Lo sacó rápido y contestó.
Era Paulina. Hablaba bajito.
—¿Y? ¿Cómo lo resolvió mi hermano?
—El señor Córdoba aceptó mi renuncia —Gloria hizo una pausa—. Dígale a la abuela que esté tranquila. Estoy bien.



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