Fuera de ir a reclamarle por lo de Irene, Gloria no se explicaba qué otra cosa podría querer Federico con ella.
—Ahora sí andas muy valiente, ¿no? Con alguien que te respalde, hasta la voz te sale distinta.
La voz de Federico sonó fría, con doble intención.
Pero Gloria no lo miró a él. Se le fue la vista directo a Doña Valentina.
Por cómo estaban las cosas, Doña Valentina ya sabía que Alicia había venido con Helena a buscar pleito, y por eso se había apurado a llegar.
Así que Federico, presionado por Doña Valentina, mandó a Pablo a “sacarla” de ahí.
El tono de Federico sonaba a regañadientes; seguramente se quedó con la espinita de no haber “hecho justicia” por Irene.
—Glori —Doña Valentina le lanzó una mirada dura a Federico y le hizo señas a Gloria para que se acercara.
Gloria fue hacia ella.
—Abuela… Pauli.
Sabiendo que Gloria estaba embarazada, Doña Valentina le echó una mirada fija al vientre.
Todavía no era muy notorio, pero ya se alcanzaba a ver.
Si esto se alargaba, Gloria iba a quedar mal parada. Ella tenía que poner orden.
—Yo te creo. Lo de Irene y las escaleras no fue culpa tuya.
Ese “te creo” le pegó directo a Gloria.
La fuerza que había sostenido frente a Alicia y Helena, esa tensión que traía atorada en el cuerpo, se le vino abajo de golpe.
Se le enrojecieron los ojos y la voz se le hizo rasposa.
—Gracias.
—Has aguantado demasiado. Si hacemos cuentas, la familia Córdoba te debe una disculpa.
Doña Valentina se refería a todo el escándalo que Irene había armado últimamente.
Siempre era Gloria la que terminaba perdiendo; a la señora le pesaba.
Pero Gloria solo pudo negar con la cabeza.
—Abuela, no es para tanto. Nada más… ojalá ya no vuelva a pasar algo así. Con que…


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