Eso le pegó a Alicia como una cachetada.
¿Cómo que no podía con Gloria?
—Ya basta. Si no entiendes por las buenas, va a ser por las malas. Tú te lo buscaste.
Alicia se puso de pie, sacó una foto del bolsillo y se la aventó a Gloria.
—Si no quieres que el orfanato desaparezca, vas a hacer lo que te estamos diciendo.
La foto era una grupal del orfanato.
Gloria se veía de quince o dieciséis, con la cara todavía inocente, pero ya se notaba que era bonita.
Ella y Virginia estaban a los lados de Lucía; más allá, estaban todos los niños.
El lugar no era grande, y en Belgrano Norte casi nadie lo ubicaba.
Con los contactos de Alicia, hacerlo “desaparecer” sin hacer ruido sería fácil.
Gloria apretó la foto con fuerza. Sintió como si unas manos invisibles le cerraran la garganta.
En su cara, que parecía sin expresión, se le movieron apenas los músculos, incapaz de controlar esa impotencia que le subía desde el pecho.
—¿Qué? ¿Ya no estás tan valiente? —Helena la miró con desdén, sintiendo que por fin se le bajaba un poco el coraje—. Estuviste dos años con Federico y no se te pegó ni tantita decencia, pero eso sí: aprendiste a hacerte la importante. Si uno no supiera, hasta pensaría que traes a alguien pesado detrás.
Gloria se quedó callada. La presión la tenía amarrada. Se mordió por dentro el labio hasta sentir sabor a sangre, y aun así no cedió.
—Ya —dijo Alicia, mirándola con desprecio, y luego se volteó con Helena—. Lo de la rueda de prensa lo organizas tú. Que sea en el hospital. Que vaya y le pida perdón a Irene en persona.
Helena pensó un segundo y preguntó:
—¿Y… ella va a seguir en Holding Rivadeneira?
No sé qué se le cruzó a Alicia por la cabeza, pero se le amargó la cara.
—Primero resolvemos esto, y luego vemos.
Helena entendió: la permanencia de Gloria no era algo que Alicia pudiera decidir por sí sola.
Se le atoró el coraje y le habló peor:


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