Apenas se fueron, Helena le preguntó a Irene:
—¿Cómo fue que te caíste?
Irene estuvo a nada de llorar.
—No sé… de repente perdí el equilibrio.
Ya casi era el compromiso y, justo entonces, se armó el desastre… y encima le pasó a ella.
Irene estaba furiosa y frustrada. En ese momento, el dolor de la pierna ni le importaba tanto.
Lo peor era otra cosa: Gloria seguro estaba feliz.
Con esa idea en la cabeza, cambió el tono de inmediato:
—En ese momento, junto a mí no había nadie más que Gloria. Seguro fue ella… algo hizo.
—¡Yo sabía! —Helena soltó una risa fría—. Tú descansa. Mañana tu suegra y yo vamos a ir a arreglar cuentas con Gloria. Esta vez sí o sí la sacamos del lado de Federico.
La frustración de Irene se convirtió en resentimiento; se le hizo un nudo en el pecho.
—Sí, mamá… tienes que hacer algo.
Helena se pasó un buen rato consolándola.
A un lado, Darío, que había estado callado todo el tiempo, por fin habló:
—¿Y cómo es que la organización terminó cayéndole a Gloria? ¿Y por qué era ella la que te iba ayudando a bajar?
A Irene se le encogió el estómago.
La logística no tenía por qué estar en manos de ella.
Y quien debía acompañarla a bajar tampoco tendría que haber sido Gloria.
Pero fue porque Irene quería presumirle: quería que Gloria viera con sus propios ojos cómo ella se comprometía con Federico, para que por fin dejara de aferrarse.
Quién iba a pensar que…
—¿Y ahorita a ti qué te importa eso? —Helena fulminó a Darío con la mirada—. Tu hija se lastimó y tú ni una palabra de consuelo. Lo primero que haces es reclamar. ¿Sí eres su papá o qué?
¿Y cómo no le iba a doler?
Pero, comparado con la lesión de Irene, a él le parecía más grave que el compromiso se hubiera venido abajo.
Ya estaban a nada.
En el cuarto, la familia Orozco se la pasó discutiendo.
Y en internet también se armó: si el evento se cortó a la mitad, ¿cuenta o no cuenta como compromiso? Se volvió tema de todo mundo.


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