—Yo escuché que la señora Pizarro no viene de buena familia. Seguro te tiene envidia. Irene, tú eres la nuera que yo ya acepté. No tienes por qué tenerle miedo a nada.
Los Orozco estaban molestísimos por el golpe “gratuito” que le había caído a su hija.
Los dos, con cara larga, estaban sentados uno junto al otro.
Con lo que dijo Alicia, la expresión de Helena Domínguez se suavizó un poco.
—Alicia, no es por hablar… pero por muy importante que sea el trabajo, Federico no puede ignorar lo que siente Irene. ¿Ya viste cómo la están despedazando en internet? Sí, nuestra familia no está al nivel de los Córdoba, pero Irene y Federico se conocen desde chicos…
Irene estaba sentada junto a Alicia, abrazando un cojín. Entre más oía, más se le apretaba el pecho. Las lágrimas le corrían sin parar.
—¡Esto lo hizo Gloria, de seguro! Señora, por favor, haga algo. ¡Ya no quiero volver a ver a Gloria!
—Gloria, Gloria… —Alicia repitió su nombre dos veces, ya sin paciencia—. Tú tranquila. Aunque Gloria no se vaya, yo no voy a permitir que vuelva a estorbarles.
Los ojos de Irene se iluminaron detrás de las lágrimas. Miró a Alicia con disimulo.
Al verla tan dura y tan decidida, se le subió una alegría al pecho.
Helena se pasó al otro lado de Irene.
—Irene, ¿qué te quedas viendo? Dale las gracias a la señora por apoyarte.
—Gracias, señora —Irene se secó las lágrimas de inmediato y se colgó del brazo de Alicia—. La verdad, yo aguanto… pero Gloria es bien colmilluda. Me da miedo que engañe a Fede.
Alicia la vio todavía más “madura”.
—Esto también fue culpa mía. Nunca debí dejar que Federico la metiera a la casa como si nada.
—¿Cómo cree? —Irene la calmó—. Seguro ella lo presionó para que se hiciera responsable del bebé y él no tuvo opción. ¿Usted cómo lo iba a detener? No se podía…
Cada frase le caía a Alicia justo donde dolía.
Alicia juró que no volvería a dejar que Gloria le estorbara a Irene, pero no dijo exactamente qué iba a hacer.
Cuando Alicia se fue, los Orozco se quedaron pensando y pensando, sin entender cuál era el plan.

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