—Va —la voz de Jaime Granados volvió a ese tono despreocupado—. Esta vez, ya te creo por completo.
Gloria Loyola se quedó helada.
—¿Qué quieres decir?
Jaime soltó una risita.
—Quiero decir que no voy a pagarte los doscientos mil pesos de penalización, pero…
Clic.
Gloria colgó y aventó el celular a un lado.
En su carita pálida no había mucha sorpresa ni enojo.
Solo un cansancio infinito… y una impotencia que ya ni dolía.
Por lo menos, Jaime ya no estaba tan alterado. Pero a ella se le hundía más el ánimo.
A la mañana siguiente, Federico Córdoba la llevó otra vez a ver a Marcelo Pizarro, en casa de Marcelo.
Esta vez, Gloria se quedó platicando con la señora Pizarro, mientras Federico hablaba a solas con Marcelo en la sala de estar.
—¿Tú crees que hoy sí cierren el trato? —preguntó la señora Pizarro, con un vaso de jugo en la mano, entrecerrando los ojos mientras miraba las flores del jardín.
Gloria asintió apenas.
—Ojalá.
La señora Pizarro dejó el jugo, apoyó los brazos en los descansabrazos y se inclinó hacia Gloria.
—Con razón… tu jefe trae tanto peso. Y la prometida que tiene no le llega.
Ella nunca se había metido en temas de negocios, ni conocía bien a la gente de ese círculo.
Últimamente habían salido muchas notas de Federico con Irene Orozco; ella ya los había visto varias veces, por eso el día anterior le sonó conocido.
Ya en su casa lo buscó y entonces supo quién era.
Gloria no sabía de qué familia venía la señora Pizarro, pero por cómo se movía y hablaba, se notaba que estaba acostumbrada a otro nivel. Su familia debía ser importante.
Y por el tono, incluso mejor posicionada que los Orozco.
—La señorita Orozco y el señor Córdoba se conocen desde chicos… supongo que por ese lado sí hacen buena pareja —dijo Gloria.
La señora Pizarro torció la boca.



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