En un instante, él la tomó de la muñeca. Arrastrada por la fuerza de su agarre, perdió el equilibrio y terminó estrellándose contra su pecho.
Quedaron tan cerca que la distancia entre ellos pareció desvanecerse por completo.
El aliento de él le rozó los labios.
—¿Eres una niña de primaria para conformarte con tomarle la mano al hombre que te gusta?
Iris: —...
Dudó sobre qué hacer.
De pronto, el hombre bajó la mirada. Sus labios pálidos estaban a milímetros de los de ella.
Por puro instinto, ella retrocedió, pero la mano grande de él se cerró alrededor de su cintura con más fuerza, pegándola a su cuerpo, obligándola a sentir el aura gélida que desprendía.
Él estaba completamente helado, un contraste absoluto con el calor abrasador de hacía unos instantes, y su rostro estaba pálido como el papel.
Al mirar ese rostro impecablemente guapo, tuvo que admitir que era un deleite para la vista.
Pero él era el hombre del que Natalia estaba enamorada.
Solo con pensar en eso, era incapaz de seguir fingiendo.
Pero el mensaje del hombre era muy claro.
Si no demostraba un poco más de entusiasmo, no podría probar que de verdad le gustaba.
Y si no lo probaba, significaría que le estaba mintiendo. Que se estaba burlando de él.
Y adiós a su trabajo.
Cerró los ojos con fuerza y se inclinó hacia sus labios.
De repente, una fuerza brusca la empujó hacia atrás.
Su espalda baja chocó contra un mueble.
A su lado, sonó un estruendo.
Abrió los ojos y vio un jarrón hecho pedazos en el suelo. Al levantar la mirada, se encontró con la espalda erguida del hombre, que desprendía un aura de fragilidad y absoluta soledad.
—Vete.
Le ordenó con voz fría y cortante.
Iris lo miró con fastidio. Seguramente, al ver que ella de verdad iba a besarlo, se convenció de que sí le gustaba.
¡Y ahora se ponía en su plan de arrogante!
Si ya tenía a una mujer que le gustaba, debería ir a conquistarla y casarse con ella.
¿Por qué tenía que atormentarla a ella?
Soltó un suspiro de resignación en su mente, dio media vuelta y salió de la sala de descanso.
Al regresar al comedor privado, tomó asiento.
Natalia, con una gran sonrisa, le acercó un pedazo de pastel de mousse.
—Iris, prueba esto. Es tu sabor favorito.
—Gracias —respondió. Tomó la cuchara y se llevó un bocado a la boca.
Qué raro. El postre que tanto le gustaba le supo amargo.
La situación era tan complicada que hasta le había arruinado el paladar.
—Nati, debes estar preparada... —le susurró al oído en voz baja.
Era cierto que a Xavier no le gustaba, pero tampoco tenía intención de dejarla en paz.
De pronto, alguien tomó su mano.


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