Le tendió un contrato de compraventa.
—Revísalo. Si no tienes problemas, fímalo.
Justo al terminar de hablar, alguien llamó a la puerta.
Hugo Vargas entró con expresión de pánico.
—¡Señor Lozano, tenemos un problema! Los socios se enteraron de que regresó y vinieron a buscarlo a la empresa. Vienen hacia acá.
Alfonso fulminó a Facundo con la mirada. Este simplemente se encogió de hombros.
—Yo no les avisé nada.
En cuestión de segundos, la multitud irrumpió en la oficina y lo rodeó por completo.
Atrapado en el centro, los gritos de cobro y las acusaciones le llovían desde todos los frentes. Alfonso, aturdido, pálido y sudando frío, sentía que la cabeza le iba a estallar.
Toda su antigua arrogancia había desaparecido. Solo quedaba un hombre acorralado y patético.
Fijó la vista en el contrato, con las yemas de los dedos temblando sin control.
Sabía que en el instante en que lo firmara, se quedaría sin nada.
Pero no tenía otra salida.
Después de un largo momento, cerró los ojos. Su voz salió rota y ronca, despojada de todo rastro de orgullo.
—...Firmaré.
Alfonso firmó el acuerdo de transferencia de acciones. Facundo recogió el documento y dirigió una mirada fría a la multitud.
—El señor Lozano ha vendido todas sus acciones. A partir de hoy, no tiene ninguna relación con Vento Corp. Si tienen asuntos que tratar con la empresa, vengan a hablar conmigo.
Cuando la oficina por fin quedó vacía, Facundo sacó su teléfono y le envió un mensaje de texto a Yahir Hernández.
...
En el comedor, Felisa bebió un sorbo de leche, miró al hombre frente a ella y habló en tono suave.
—Enzo, estaba pensando en organizar una gala de lujo para promocionar la marca. ¿Qué te parece?
Yahir levantó la vista y respondió con voz cálida:

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