Ella contempló la puerta cerrada, y una punzada de compasión asomó en sus ojos.
—No puedo soportar ver a alguien que finge curar a los demás solo para robarles su dinero y jugar con sus vidas.
Si no hubiera estado ahí, tal vez lo habría ignorado. Pero, ya que lo presenció con sus propios ojos, le era imposible cruzarse de brazos.
Su mentor y su abuelo siempre le decían que el alma de la medicina es la bondad, ¡y la regla principal es jamás abandonar a un moribundo a su suerte!
Yahir Hernández la observó en silencio durante un par de segundos; luego, sin mediar palabra, dio un paso adelante, dispuesto a golpear la puerta.
En ese preciso instante, un murmullo de llantos de alegría estalló desde el interior de la habitación.
—¡Abuela, despertaste!
—¡Mamá, ¿cómo te sientes?!
—¡Suegra, ¿está bien?!
Acto seguido, la voz de Doña Beatriz, débil pero asombrosamente clara, llegó hasta ellos.
—Estoy bien... mucho mejor.
La puerta se abrió. Cristián Quezada guardaba sus agujas con movimientos pausados y teatrales. Su mirada pasó despreocupadamente sobre Felisa, sin molestarse en ocultar su burla ni su arrogancia, y una sonrisa de victoria decoraba su rostro.
—Joven Serna, Don Alberto, señora Alicia, no se preocupen en lo absoluto —declaró con un tono altivo, deleitándose en su presunto éxito—. La paciente está fuera de peligro por ahora. Mientras tome a tiempo los remedios que elaboro con mis propias manos y sigamos con mis terapias naturales, le garantizo una vida larga y próspera. Y, por supuesto, no escuchen a personas ignorantes que solo esparcen rumores infundados y pueden entorpecer mi tratamiento.
Catalina García murmuró en apoyo:
—¡Exactamente! Hay quienes no saben nada y aparentan ser expertas solo para llamar la atención. Doña Beatriz está perfectamente bien. ¿Cómo alguien puede desearle la muerte a otra persona? Quién sabe qué intenciones ocultas tenga.
—¡Catalina! —la reprendió Rodrigo con severidad, cortando sus palabras.
Catalina hizo un puchero, ofendida.
—Pero si es verdad. ¿Por qué me regañas?
Felisa, al notar el enrojecimiento antinatural en las mejillas de la anciana, sintió que el alma se le caía a los pies. Cuanto mejor se viera su condición ahora, más devastador sería el colapso posterior.

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