“¿Qué tal estuvo todo?”, preguntó Nancy con una sonrisa.
“Delicioso”, respondió Felisa, devolviéndole la sonrisa. “Todo tenía un sabor muy auténtico, y la carne de primera estaba súper jugosa”.
“Vengan más seguido”. Nancy les tendió una bolsa bonita. “Es un vino de mango que hago yo misma. Es un regalo de la casa para desearles mucho amor y que duren para siempre”.
“Muchas gracias”.
Mientras conducían hacia el centro de la ciudad, Yahir comentó como si nada: “¿Vamos a mi casa esta noche?”.
La indirecta no podía ser más clara.
Felisa se recargó en el asiento del copiloto, dudó un segundo y asintió.
“Ya empaqué mis cosas”.
“Mañana mandaré a alguien a que las mude”.
Al entrar a la sala, Felisa dejó su bolso y su chaqueta en el brazo del sillón.
“Vi que casi no comiste nada. ¿Quieres que te prepare algo ligero, como una pasta?”.
Yahir alzó una ceja, y una leve sonrisa iluminó sus ojos.
“Me parece bien. Gracias”.
Felisa abrió el refrigerador y solo encontró un paquete de pasta, un par de huevos y una lata de carne.
Entró a la cocina, se puso un delantal y empezó a preparar la comida.
La luz caía sobre ella, dándole un toque cálido. Se movía con naturalidad y destreza.
Yahir, sentado en el sofá, observaba en silencio la frágil silueta de la chica que cocinaba para él.
La luz amarilla creaba un ambiente íntimo y acogedor, transmitiendo una paz increíble.
En poco tiempo, Felisa terminó de cocinar y sirvió la comida en un tazón blanco. El vapor subía suavemente.
Miró al hombre que estaba en el sofá y le dijo con voz dulce:
“Señor Hernández, la cena está lista. Venga a comer”.
Yahir se levantó y se sentó a la mesa.
“No había muchas cosas, pero pruebe, a ver si le gusta”.

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