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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 156

La asistente se adelantó, cortándole el paso a Felisa.

—Señorita, tendrá que firmar un acuerdo de confidencialidad o no se moverá de aquí hoy.

Era la primera vez que Felisa escuchaba una exigencia tan descabellada.

Su mirada se volvió fría.

—Ustedes no tienen autoridad para pedirme algo así, y yo no tengo por qué obedecerlas.

—¡Eso no lo decides tú! —exclamó Vanessa acercándose de brazos cruzados. Se quedó un instante pasmada al ver el rostro demasiado hermoso y refinado de Felisa, pero retomó su actitud arrogante—. Sandra, trae el acuerdo.

Un par de minutos después, Sandra Fuentes le entregó un papel.

—Fírmalo y te podrás ir.

Felisa echó un vistazo rápido y no pudo contener una ligera risa.

"Si se rompe el compromiso de confidencialidad, la parte implicada deberá pagar cien millones a manera de compensación".

Era más abusivo y absurdo que cualquier contrato comercial de gran escala.

—Date prisa, no me hagas perder el tiempo. ¿Acaso sabes lo valioso que es mi tiempo? —apresuró Vanessa con impaciencia.

—No pienso firmar nada —respondió Felisa antes de romper el papel y arrojar los pedazos al aire, haciéndolos llover sobre la cabeza de Vanessa.

Vanessa se quedó petrificada y luego siseó:

—¿Acaso sabes en dónde estás parada? ¿Sabes quién es mi novio?

—No me importa quién sea tu novio. Dije que no firmaré.

—¡Maldita...!

Levantó la mano para darle una bofetada, pero la mirada de Felisa se afiló. Atrapó su muñeca en el aire y le dio un fuerte empujón. Vanessa, que llevaba tacones de siete centímetros, perdió el equilibrio y estuvo a punto de irse de boca si no fuera porque su asistente fue rápida y la sostuvo.

—No soy tu madre para andarte aguantando —le advirtió Felisa con frialdad.

Vanessa la señaló, furiosa:

—¡Te atreviste a ponerme una mano encima! ¡Me las vas a pagar!

—Estamos en Santa Fe, la ley existe. ¡No creo que puedas hacer lo que te dé la gana!

—Señorita, su novio es el dueño del Club Altamira, el señor Casal. Hacerla enojar no le traerá nada bueno —le murmuró Lucía Méndez al acercarse.

¡No le importaba quién fuera él, ella también era la presidenta de su empresa!

Vanessa ya estaba marcando un número, hablando con voz llorosa:

—Nacho, estoy en el estacionamiento del Club Altamira y alguien me está haciendo la vida imposible...

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