Vaya, así que también sabía lo que era tener miedo.
—¿En qué piensas? —La voz magnética y profunda de Yahir resonó cerca de su oído. Su cálido aliento rozó su piel, provocándole un ligero cosquilleo.
Felisa apretó los labios y respondió:
—En nada. Solo pensaba que, por muy astuto que sea alguien, nunca estará a salvo de la maldad ajena.
—La maldad no está en los demás, sino en la ambición desmedida de quien no sabe detenerse.
Cada palabra fue directo al clavo.
—Vaya, vaya, ¿ese no es Quintín Valerio? —Rodrigo se acercó al ventanal de cristal tintado y observó con interés hacia la zona VIP de la planta baja.
Quintín estaba recostado en un sofá, rodeado de mujeres, abrazándolas y divirtiéndose a lo grande.
No se le veía ni una pizca de derrota o ruina; seguía luciendo la misma actitud altanera y prepotente de siempre.
Joaquín se levantó y se paró junto a Rodrigo. Su mirada oscura barrió el lugar y entrecerró los ojos.
Esa mujer sentada a la derecha de la mesa... ¿por qué le resultaba tan familiar?
—¡Felisa, ven a ver esto!
Felisa, que estaba conversando en voz baja con Yahir, se sobresaltó al escuchar que Joaquín la llamaba y se acercó de inmediato.
—¿Qué pasa, tío Joaquín?
Joaquín levantó la barbilla, señalando hacia un rincón del bar.
Siguiendo su mirada, Felisa reconoció una figura familiar. Bianca, que llevaba días desaparecida, estaba sentada a la derecha de Quintín Valerio.
Las luces parpadeantes barrían la multitud en el enorme bar, creando una atmósfera deslumbrante, caótica y decadente.
Bianca mantenía la cabeza baja, con los hombros caídos, como si le hubieran drenado hasta la última gota de energía.
A pesar de estar en medio de un bar ruidoso y lleno de excesos, parecía envuelta en un manto de silencio sepulcral.
—¿Por qué tu hermana está con Quintín Valerio? —preguntó Joaquín, desconcertado.
No le agradaba Bianca, pero al final del día, era parte de la familia Valenzuela.
Felisa respondió con frialdad:

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