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El Marido que no supo perder romance Capítulo 229

Rosendo se puso de pie, apretando los puños con tal fuerza que se le marcaban las venas de las manos.

Para entonces, Gretel ya se había dado cuenta. Tenía las mejillas arreboladas y el rostro paralizado.

—Sofía...

—Ejem... Voy a ver si Paula ya terminó con las habitaciones, ¡qué bárbara, cómo tarda!

Como alma que lleva el diablo, Sofía se esfumó por las escaleras.

En la sala solo quedaron dos personas ahogándose en calor.

Gretel se mordió la punta de la lengua y usó el brazo del sofá para incorporarse.

—Y-yo me retiro a descansar.

«Son solo hierbas, con un baño de agua fría se me pasará...».

Caminó a paso veloz, aunque con las piernas temblorosas. Ni siquiera notó cómo había cambiado la mirada del hombre mientras observaba su espalda.

En cuanto ella entró a la habitación, justo antes de que cerrara, una mano larga y fuerte se interpuso en el marco.

—Rosendo, tú...

—Gretel.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, sentía una sed abrazadora que la quemaba por dentro, y apenas se atrevía a mirarlo.

—Tienes... tienes que calmarte.

Rosendo hizo un poco de fuerza y empujó la puerta.

Recién entonces notó que él tenía los primeros botones de la camisa desabrochados. Su cuello expuesto y su pecho, cubierto por una fina capa de sudor, resaltaban su piel que parecía resplandecer.

Su respiración era pesada, y con cada paso que daba hacia ella, parecía como si tuviera llamas ardiendo en la mirada.

Gretel tragó saliva y retrocedió por instinto, hasta que la parte baja de su espalda chocó contra el buró.

La mirada de él se volvió más densa; cerró la puerta fácilmente con la pierna y, antes de que ella reaccionara, plantó las manos a ambos lados, atrapándola por completo.

Inclinó la cabeza, juntando su frente con la de ella, rozándole la nariz con la suya.

—Voy a tratar... de controlarme —musitó, con la voz tan ronca que apenas se le entendía.

Él tomó una profunda bocanada de aire, el raciocinio asomó a sus ojos, y retrocedió un paso, tomando distancia.

La miró fijamente, con los ojos cargados de emociones indescriptibles. Después, giró sobre sus talones y entró en silencio al baño de al lado.

Las hierbas daban vigor, pero no hasta el punto de hacerle perder la cordura; lo único que realmente podía descontrolarlo era ella.

Segundos después, se escuchó el sonido de la regadera.

Gretel, apoyándose contra el mueble, se deslizó hasta sentarse en el piso. Se cubrió los labios, que aún conservaban su aroma, sintiendo que el corazón le iba a estallar.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que dejó de oírse el agua del baño y el insoportable calor en su cuerpo se disipó.

Rosendo salió con el cabello mojado y una camisa nueva, abotonada hasta el cuello. Una vez más, era el mismo hombre intocable e inalcanzable de siempre.

***

Dos días después, en el apartamento de Gretel.

Al escuchar el timbre de la puerta, Valentina se puso sus pantuflas y fue corriendo. Melisa la seguía de cerca como de costumbre.

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