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El Marido que no supo perder romance Capítulo 228

Gretel desvió la vista y estaba a punto de desearle buenas noches para ir a su recámara, pero él se adelantó, apoyando una mano en la pared y acorralándola.

Tenía los dos primeros botones de la camisa desabrochados, dejando entrever su piel clara a la altura de la clavícula.

—Tú...

Antes de que ella pudiera terminar la frase, él bajó la cabeza y le rozó levemente los labios.

Gretel se quedó inmóvil. Trató de empujarlo, pero él retiró la mano de la pared para rodearle la cintura y sujetarla con firmeza.

Al segundo siguiente, el beso se volvió más profundo.

La besaba con lentitud y suavidad, como si estuviera sondeando el terreno o como si la invitara a dejarse llevar.

Cerró los ojos, olvidándose por completo de alejarlo, y sus pequeñas manos se aferraron al cuello de su camisa.

Animado por su reacción, los cálidos dedos de Rosendo acariciaron el hueco de la espalda baja de ella a través de la fina tela de seda de su ropa para dormir.

El beso se tornó aún más intenso, fundiendo sus respiraciones. En la silenciosa sala, lo único que se escuchaba eran los leves gemidos ahogados contra sus labios y el golpeteo de sus corazones.

—... No.

Al darse cuenta de que las manos de él empezaban a perder el control, Gretel lo empujó con brusquedad y giró el rostro.

Tenía la voz ronca y el pecho le subía y bajaba agitado, pero la lucidez había regresado a sus ojos.

Los ojos de Rosendo estaban oscuros, y sus manos aún apretaban la delgada cintura de ella.

Su nuez de Adán se movió al tragar, los dedos se le tensaron por el anhelo reprimido, y al final, la soltó.

Con las orejas y las mejillas al rojo vivo, y sin atreverse a mirarlo, agachó la cabeza y huyó hacia su recámara.

La puerta se cerró.

Un clic indicó que le había pasado el seguro.

Rosendo se quedó de pie en medio de la sala durante largo rato, hasta que la urgencia de su cuerpo se desvaneció, y solo entonces regresó al sofá a recostarse en paz.

***

Tres días después, en Villa Serena.

Al verlos entrar juntos, Sofía detuvo la taza de té en el aire.

Aunque Gretel seguía con su misma actitud formal, llamándola "Sofía" con respeto, la distancia entre ella y Rosendo había desaparecido.

...

Gretel se quedó sin palabras y no pudo replicar nada.

Sofía la llevó al sofá y empezó a platicar con ella sobre cómo les había ido. En medio de la conversación, Gretel sintió un calor inexplicable, pero no le prestó demasiada atención.

Sin embargo, Rosendo fue el primero en notar que algo andaba mal.

Se jaló del cuello de la camisa. Las venas le palpitaban bajo la piel y pasó saliva varias veces.

Había sido esa maldita sopa...

Miró fijamente a Sofía, que estaba urgiendo a Gretel a irse a descansar, y sintió los latidos a los lados de la cabeza.

—Mamá, ¿qué le pusiste a la sopa?

Sofía miró a Gretel y, por un instante, se notó su nerviosismo.

—Ejem, es solo un remedio casero... hierbas para dar más energía. ¿Qué tiene de malo?

¡Los remedios caseros para dar energía no te dejaban el cuerpo hirviendo ni la boca reseca!

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