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El Marido que no supo perder romance Capítulo 223

Rosendo se quedó clavado en su lugar, observando su espalda alejarse, firme y sin mirar atrás ni una sola vez.

Dentro del auto, Zacarías no pudo evitar negar con la cabeza y suspirar.

«La forma en la que el jefe intenta recuperar a su esposa... ¿Cómo decirlo? Su futuro se ve bastante oscuro».

***

Nadie sabía de dónde había sacado esa estrategia, pero durante la siguiente semana, Rosendo apareció religiosamente todos los días en la puerta del Colegio Internacional Sendero Estelar... Y no era para ver a Thiago.

El primer día, llevó una caja de galletas artesanales.

Valentina se soltó de la mano de su maestra, corrió hacia él y le gritó «¡tío Sendo!» con su dulce vocecita. Tomó la caja emocionada para ver los sabores.

—¿Esta es de fresa?

—Así es, de fresa.

Rosendo la miró con absoluta ternura y le limpió las migajas de la boca con la mano.

El segundo día, le llevó un conejo de peluche de edición limitada. Valentina abrazó al conejo y dio vueltas de alegría, haciendo que su faldita pareciera una flor.

—Tío Sendo, ¿vas a venir mañana?

—Sí.

—¿Y puedes venir con mami?

Rosendo se acuclilló para acomodarle un broche del cabello que se le había enchuecado.

—Está bien.

Los ojos de la niña se iluminaron. Ladeó la cabecita pensativa y le extendió el dedo meñique.

—Entonces, promételo con el dedito.

Rosendo estiró su largo dedo meñique y enganchó el pequeño y gordito dedito de la niña.

***

Viernes, poco después de las tres de la tarde.

Gretel acababa de despedir a un paciente y estaba concentrada organizando unos expedientes cuando su celular empezó a vibrar.

Era la Maestra Julia del colegio.

Aunque no era un colegio exclusivo de la alta aristocracia, sí era el jardín de infancia privado más caro y prestigioso de la ciudad.

Los niños que asistían allí provenían de familias con conexiones o mucho dinero.

Todos los niños eran los tesoros de sus casas, por lo que las maestras vivían aterradas de que ocurriera un accidente y los padres hicieran un escándalo.

Justo cuando la maestra terminó de hablar, la puerta de la oficina se abrió de golpe.

Entró una pareja que rondaba los treinta años.

El hombre vestía una camisa Polo de marca lujosa y llevaba un vistoso reloj de oro. Al entrar, echó un vistazo a la sala y fijó su mirada en Gretel.

La mujer lucía un cabello lleno de ondas, un maquillaje recargado, un bolso con estoperoles colgado del brazo y tacones altísimos. Tenía una actitud insoportablemente arrogante.

Lio, al ver a sus padres, se levantó de un salto y corrió hacia ellos.

—... Lio, ven aquí con la maestra —dijo la Maestra Julia, agachándose para llamarlo.

Pero el niño se escondió de inmediato detrás de su madre.

—¡No quiero!

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