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El Marido que no supo perder romance Capítulo 221

Gretel frunció el ceño y no lo tomó.

—¡No me casé con Catalina! —soltó él, con la voz ronca y una nota de urgencia—. No hay acta de matrimonio, no hay ningún vínculo legal. Thiago tampoco es mi hijo biológico. ¡Aquí están todos los papeles que lo demuestran!

La respiración de Gretel se detuvo un instante y su mente se quedó en blanco.

Bajó la mirada hacia la bolsa de papel, aturdida por unos segundos, y luego levantó la vista lentamente.

—... ¿Y entonces?

—¿Y entonces? —Rosendo frunció el ceño y empujó la bolsa hacia los brazos de ella—. Entonces, legalmente hablando, solo me he casado una vez. Y fue contigo.

Gretel no extendió las manos para tomarla. Se quedó ahí parada, con expresión serena.

—Rosendo, esto no cambia nada.

—Solo espero que me des la oportunidad de competir de manera justa.

Esas palabras salieron de su boca torpes, rígidas, con la súplica sincera de un hombre poderoso dispuesto a humillarse.

Gretel lo miró fijamente.

El hombre frente a ella había sido criado con reglas estrictas y dogmas desde niño. En ese momento, de pie en la cálida noche, llevaba la corbata perfectamente anudada, los zapatos lustrados, con una postura impecable y la espalda recta.

Pero los nudillos de la mano que le ofrecía la bolsa de papel estaban blancos por la tensión.

—... Es muy tarde. Me voy a casa.

Se hizo a un lado para esquivarlo y entró al edificio sin detener el paso.

Decir que sus palabras no la habían afectado sería mentira, pero habían perdido demasiadas oportunidades entre ellos... Ya no había vuelta atrás.

Rosendo se quedó parado en el mismo lugar, manteniendo la mano extendida, durante mucho tiempo.

No fue hasta que la puerta del edificio se cerró por completo y la luz del sensor se apagó, que bajó lentamente el brazo, apretó la bolsa y volvió a subir a su auto.

Zacarías tragó saliva y preguntó con cautela:

—Señor Almenar, ¿adónde vamos ahora?

—... A casa.

El Maybach arrancó y se perdió en la noche.

—Haremos una retirada estratégica en el extranjero y protegeremos a nuestros clientes principales. Si nos enfrascamos en una guerra de precios con él, no aguantaremos ni tres meses.

Don Hipólito golpeó la mesa, furioso.

—¿¡Acaso ese infeliz perdió la cabeza!? ¿¡Por qué de repente le dio por hacer esto!?

Nerón ensombreció la mirada. Podía adivinar el motivo, pero no dijo una palabra.

Tras colgar con su abuelo, Nerón llamó a Rosendo.

Parecía haber un acuerdo tácito entre ambos; sin saludos formales ni cortesías de sobra, en un par de frases determinaron el panorama para los próximos meses.

Nerón se apartaría temporalmente de su relación con Gretel. A cambio, tenía una única exigencia: que Rosendo detuviera la guerra de precios en el extranjero.

Nerón tenía sus propios motivos egoístas. Tras el tiempo que había pasado con ella, conocía bien a Gretel.

Sabía que ella nunca aceptaría a un hombre casado. Por lo tanto, aunque él diera un paso al costado, ¡aún era un misterio si Rosendo lograría recuperarla!

Al finalizar la llamada, Nerón marcó el número de Gretel.

—Gretel, ¿tienes tiempo esta noche? Quiero invitarte a cenar y aprovechar para platicar contigo.

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