La segunda vez y en todas las ocasiones posteriores, ella simplemente abría la puerta.
Y el proceso era siempre el mismo, como si se tratara de un robot programado: entraba, se sentaba, no decía nada de más.
Ella le servía un vaso de agua o algo de cenar; él se lo acababa, se aseaba y luego se acurrucaba en el incómodo sofá para dormir.
Cada mañana, cuando ella se levantaba, la manta siempre estaba perfectamente doblada y Rosendo ya no estaba.
Lo que ella ignoraba era que Rosendo había estado sufriendo de un insomnio severo, y que solo allí podía dormir en paz...
El viernes por la noche, cuando Vale lo vio entrar, incluso arrastró su propia mantita hasta el sofá.
—Tío Sendo, para ti.
Rosendo tomó la manta de felpa rosa estampada con fresas, y su nuez de Adán se movió ligeramente.
—...Gracias, Vale.
Al salir de la habitación y ver la escena, Gretel detuvo su paso y frunció el ceño de forma involuntaria.
Vale corrió a abrazarse a sus piernas, levantando su carita.
—Mami, mañana no hay escuela. ¿Puede el tío Sendo ir con nosotras al museo?
Rosendo no dijo nada, pero sus oscuros ojos parecieron brillar por un instante.
Gretel se agachó para levantar a Vale y le habló con voz suave:
—No se puede, cariño. Rosendo tiene trabajo que hacer mañana. Y ya es tarde, mami te llevará a la cama.
Una vez que Vale se quedó dormida, salió de puntillas, cerró la puerta de la habitación y se paró junto al sofá.
—Rosendo, tenemos que hablar.
—Esta no es tu casa. Tienes tu propia familia, una esposa y un hijo, deberías volver a tu hogar.
Vale se estaba acostumbrando demasiado a él, volviéndose cada vez más dependiente. Eso no estaba bien. No podía seguir permitiendo que viniera.
Gretel cumplió su palabra.
A partir de ese día, ignoró todos los mensajes que le envió.
El primer día, él le mandó tres mensajes estando afuera. Esperó hasta pasada la medianoche y, como ella no abrió, fue el personal de seguridad quien le pidió amablemente que se retirara.
—...Hazlo pasar.
Tres minutos después, Rosendo entró por la puerta.
Ese día llevaba una camisa gris oscuro. Tras varios días sin verlo, parecía haber adelgazado un poco, y la línea de su mandíbula se veía aún más rígida que la última vez.
Tenía ojeras marcadas, señal de no haber descansado bien.
Gretel, ataviada con su bata blanca y el cabello recogido que dejaba a la vista su cuello pálido y limpio, estaba sentada detrás del escritorio.
—Tome asiento.
Rosendo se sentó frente a ella, con los largos dedos entrelazados sobre las rodillas, manteniendo una postura impecable.
—Insomnio —dijo él con voz ronca.
Gretel tomó su bolígrafo, abrió una página en blanco de su libreta de notas y comenzó con las preguntas de rutina.
Unos diez minutos después, dejó el bolígrafo y levantó la mirada hacia él.
—Señor Almenar, mi especialidad es la asesoría psicológica. Podemos intentar una sesión de relajación guiada primero. Si no funciona y resulta ser un insomnio de origen fisiológico, le sugiero que consulte a un neurólogo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder