Gretel se quedó sin palabras.
Se acercó, se agachó para tomar a la niña en brazos y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Ya es tarde, cariño. Mami te llevará a la cama.
—Sí tengo.
La voz de Rosendo sonó a sus espaldas, baja y ronca por los efectos del alcohol.
Gretel detuvo un poco el paso y, sin darse cuenta, apretó más su abrazo sobre la niña.
No se volvió y simplemente entró a la habitación.
Cuando volvió a salir, pensó que Rosendo ya se habría ido, pero, para su sorpresa, lo encontró sentado en el sofá.
Se había quitado la corbata, que ahora descansaba a un lado, y estaba hundido en los cojines. Con una mano de dedos largos se sostenía la frente.
Se veía desaliñado, abatido, muy diferente al frío e inalcanzable director ejecutivo que había sido durante el día.
Gretel se quedó de pie en la puerta de la habitación unos segundos antes de acercarse.
—¿Cuánto bebiste?
—...No me acuerdo.
Ella no preguntó más. Fue a la cocina, sirvió un vaso de agua tibia y lo dejó sobre la mesa de centro.
—Bébetelo y vete pronto.
Rosendo levantó la mirada hacia ella.
Gretel llevaba un camisón sin mangas de color gris claro, y el cabello suelto. Bajo la cálida luz amarilla de la lámpara, esa distancia y frialdad que mostraba de día parecían haberse desvanecido.
La mirada con la que él la observaba se volvió cada vez más oscura.
—Gretel.
—...Dime.
—Hazme un té de jengibre y miel para la resaca.
A Gretel le pareció absurdo.
—Señor Almenar, esta no es su casa.
—Lo sé. —La miró fijamente—. Hazme el té.
Bajo los efectos del alcohol, había perdido su habitual compostura y se mostraba obstinado.
Ella lo miró durante un par de segundos y se dio la vuelta para regresar a la habitación.
De pronto, una mano se extendió desde atrás y le sujetó la muñeca. No fue un agarre fuerte, pero el calor que desprendía la hizo estremecerse.
***
A la mañana siguiente, cuando despertó, la sala estaba vacía. La manta, al igual que las veces anteriores, estaba doblada con perfecta simetría en una esquina del sofá.
Gretel no sabía cómo sentirse. ¿Aliviada? ¿Decepcionada?
No tuvo tiempo de averiguarlo, porque enseguida escuchó la dulce vocecita de Vale.
—Mami, ya me lavé la carita.
—Muy bien, mami ya va.
Creía que, una vez sobrio, sus vidas volverían a la normalidad. Sin embargo, a la noche siguiente, él volvió a aparecer.
Al tercer día, también.
Al cuarto...
Con el paso de los días, Rosendo se sentía cada vez más en confianza. Incluso dejó de tocar la puerta; en cambio, alrededor de las once de la noche, se paraba en silencio afuera y le enviaba un mensaje:
[Estoy en la puerta.]
La primera vez, ella lo ignoró.
Él se quedó plantado allí por más de treinta minutos. La luz del pasillo permaneció encendida todo ese tiempo, y un vecino del piso de arriba que volvía de trabajar de noche lo vio y se quejó en el grupo de mensajes del edificio.

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