Al llegar al piso 66, la puerta del elevador se abrió, y la recepcionista comenzó a hablar: "Bienvenidos..." La última sílaba quedó atrapada en su garganta.
El hombre que tenía la cicatriz en el rostro llegó con un aura imponente, solo con su presencia era suficiente para infundir temor, haciendo que las personas que esperaban afuera quisieran alejarse instintivamente.
Adherida a su profesionalismo, la recepcionista se acercó y dijo: "Buenos tardes, señor, ¿cuántos son?"
Uno de los secuaces del hombre con cicatriz preguntó con una sonrisa: "Cuarenta y cinco. ¿Hay lugar?"
"Ahora mismo estamos en hora pico y el restaurante está lleno, tendrán que esperar un poco. Pueden tomar un número y los llamaremos cuando sea su turno." Explicó la recepcionista con nerviosismo.
"¿Estás sugiriendo que nuestro jefe espere afuera?" Cuestionó un secuaz y frunció el ceño con furia, como si estuviera a punto de empezar una pelea.
La recepcionista retrocedió asustada y el hombre de la cicatriz levantó una mano mientras decía: "Hache, no seas tan impulsivo. Venimos a comer, no a pelear. ¿Para qué hablar tan agresivamente? Vas a asustar a la linda señorita."
La sonrisa de la recepcionista se volvió rígida.
"Dame el número." Pidió el hombre de la cicatriz y al recibirlo, miró el número y añadió: "Tenemos que esperar por 40 personas."
El jefe de los maleantes miró alrededor y observando a los otros clientes que esperaban, preguntó: "¿Quién tiene el número 78?"
Nadie en la zona de espera respondió y uno de los secuaces observó a la multitud con una mirada amenazante a la vez que decía: "Nuestro jefe les está hablando. ¿El 78 no va a aparecer? Entonces buscaremos uno por uno, y cuando lo encontremos, eso será..."
Era una amenaza clara y al escucharla, una pareja joven que estaba cerca de la puerta levantó la mano.
El secuaz se acercó diciendo: "Entonces lo tenías tú."
"¿Qué quieren hacer?" El joven estaba a la defensiva y temeroso.
"Nuestro jefe quiere cambiar su número con ustedes, ¿lo harán?" Preguntó aquel delincuente.
Al ver a esas personas, Guillermo cambió su expresión.
"Señor, ¿puedo saber su apellido? Soy el gerente de este restaurante." Dijo Guillermo cuando se acercó con una sonrisa.
El hombre de la cicatriz sonrió de manera forzada mientras respondía: "Me apellido Sáenz."
"Señor Sáenz, tienen cuarenta y cinco personas para cenar, me temo que nuestro restaurante no puede atender a tantas personas de una vez, ¿podrían considerar venir mañana? Nos aseguraremos de..."
Sáenz se acercó y su gran mano cayó sobre el hombro de Guillermo, quien sintió un peso inmenso.
"Guillermo, venimos a comer, no a causar problemas. ¿Estás tratando de echarnos? ¿Es que no nos ves con buenos ojos? ¿Acaso su restaurante escoge a sus clientes?" Cuestionó aquel maleante.
La gente que tiene un restaurante no le teme a los rufianes, pero sí a los rufianes cultos. Estas personas no violan la ley directamente, pero te dejan sin opciones.

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