"¿Qué pasa?" Preguntó Yago y Raquel contestó: "Nada, ya tengo un nuevo novio."
Aquella noticia cayó sobre Yago como un rayo, dejándolo completamente incapaz de aceptarlo.
Raquel le advirtió: "Eso sí, no te metas con el restaurante del piso 66. Sería mejor que fueras a pedirle disculpas a la dueña del restaurante. Tengo más cosas que hacer, hablamos luego."
Sin darle tiempo de responder, ella colgó el teléfono y Yago sonrió sin hacer ruido, era una sonrisa llena de desdicha. Después de un rato, sus ojos estaban llenos de resentimiento y odio mientras se decía a sí mismo: "Pedirle disculpas a la dueña del restaurante del piso 66, ¡ni en sueños! Terminar con él, para que él fuera a pedir disculpas, era perverso."
Yago estaba extremadamente furioso y comenzó a beber.
Unas horas después, la puerta de la oficina se abrió de golpe, y al entrar, un amigo de Yago vio a su compadre completamente ebrio, por lo que frunció el ceño ligeramente.
"¿Qué pasó? ¿Te dejó Raquel?" Preguntó el recién llegado.
"Cállate." Gruñó Yago.
"Entonces es verdad. Es solo una mujer y aunque no sea ella, podrás buscar muchas más. No vale la pena dañarte por una mujer vanidosa." Le aconsejó su amigo.
Yago negó con la cabeza mientras decía: "No entiendes. Por ella ofendí a alguien y esa persona se vengó de mí, me robó mi gente y mis clientes. Ahora estoy a punto de perder mi negocio, y también perdí a mi novia. Dime tú…"
Él sonrió amargamente.
Su amigo había oído algo sobre el asunto del restaurante, por eso le preguntó: "¿Estás hablando del restaurante del piso 66?"
"Sí." Respondió Yago y su amigo le dijo: "Destruir ese restaurante no sería difícil."
Mientras Yago estaba planeando eso en secreto, sin tomar en cuenta la advertencia previa de Raquel, Arlet, no tenía ni idea de que ya había quien no podía esperar para actuar.
Con las luces de la noche encendiéndose y cada hogar iluminado, la ciudad entera brillaba como estrellas. En el estacionamiento subterráneo del edificio central, donde se mezclaban restaurantes y entretenimiento, se abrieron varias camionetas, y de ellas salieron unos sujetos de segunda, que aunque vestían trajes, no podían esconder su aire de vulgares.
El líder, era un hombre con una cicatriz en la cara y le dijo a sus seguidores: "Recuerden, es el piso 66, no se equivoquen de lugar."
"Sí." Respondieron los maleantes al unísono y las demás personas en el estacionamiento, al ver eso, se asustaron tanto que no se atrevieron a acercarse, evitando instintivamente a ese grupo.
"¡Quítense!"
Las personas que estaban esperando el elevador fueron empujadas bruscamente y al ver a esos individuos y sus atuendos, se enfadaron pero no se atrevieron a decir nada, retrocediendo para dejarles el paso.

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