Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa mientras todos seguían la mirada penetrante de Isidro, que se había posado sobre Emir como un halcón sobre su presa.
El impacto de esa mirada golpeó a Emir como una descarga eléctrica, enviando ondas de pánico por todo su cuerpo.
Claudio se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con interés apenas contenido.
"Señor, ¿está diciendo que el problema no es la capacidad de mi hijo?"
Todas las miradas convergieron en Isidro, la tensión en el aire tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo.
Los ojos de Emir se clavaron en el sacerdote con intensidad asesina. Sus pensamientos eran como un veneno oscuro: "Si este calvo se atreve a confirmar lo que estoy pensando, esto no se va a quedar así".
Bajo el peso de todas esas miradas expectantes, Isidro se pasó la mano por su cabeza reluciente con un gesto pausado y deliberado.
El cambio en los rostros de Emir y su padre fue sutil pero innegable. Mientras Ciro logró recuperar rápidamente su máscara de serenidad, Emir no pudo mantener su fachada de amabilidad y modestia. El color abandonó su rostro, dejando tras de sí una palidez teñida por la furia contenida.
La lógica era clara como el agua: si el problema no era la incapacidad de Álvaro, solo quedaba una explicación posible.
Todas las miradas se dirigieron hacia Emir como flechas afiladas. Él luchó por mantener una sonrisa cordial, aunque sus labios temblaban ligeramente.
"Señor, ¿podría explicar por qué?"
La voz de Arlet surgió cargada de urgencia. Sus cejas se fruncieron con preocupación genuina.
"Sí, ¿por qué? El señor Dávila siempre ha demostrado tener un corazón generoso. ¿Por qué se opone a su participación?"
Álvaro observaba la escena con asombro creciente. "La señorita Sandell parece genuinamente preocupada", pensó. "¿Será posible que ella también haya caído en el teatro de Emir?"
La voz de Isidro cortó el aire como un cuchillo afilado:
"Avaricia."
"Señor", intervino Álvaro, incapaz de contenerse, "¿se refiere a la avaricia de querer más y más, o hay algún otro tipo de avaricia que debamos considerar?"
"Avaricia, hipocresía."
Las palabras de Isidro, aunque pocas, cayeron como bombas sobre la mesa.
El mensaje era cristalino: Emir no actuaba por bondad sino por interés propio. Su participación en el proyecto no nacía de un genuino deseo de ayudar, sino de una avaricia disfrazada de altruismo.
Los presentes, todos ellos veteranos en el arte de la política y los negocios, no necesitaban más explicaciones. Las palabras no dichas resonaban más fuerte que las pronunciadas.
Nadie era ajeno a los escándalos de corrupción en organizaciones benéficas. La pregunta flotaba en el aire: ¿puede llamarse caridad cuando nace de la avaricia?
La sentencia de Isidro había caído como un martillo implacable.


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