Como era de esperar, Estefanía no le dio una respuesta. No podía.
Se suponía que su esposa había muerto hacía poco más de un mes.
Aquel paro cardíaco repentino se la había arrebatado.
Tres ciclos completos de reanimación con descargas de 200 joules en el desfibrilador y, como último recurso extremo, una descarga final de 350 junto con la inyección de adrenalina para forzar el ritmo de un corazón que se negaba a latir.
Habían logrado arrancarla de la muerte, pero el precio había sido devastador.
Ya se lo habían advertido: cada segundo que su corazón estuvo detenido significaba que su cerebro se había quedado sin oxígeno, arrastrándola a un coma profundo del que nadie sabía con certeza cuándo —o cómo— regresaría.
Estaba viva.
Pero lo estaba de manera artificial, atrapada en un sueño del que su mente parecía incapaz de escapar.
Cristian aferró su mano entre la suya —sintiendo sus dedos pequeños y fríos—, llevó los nudillos hasta sus labios para depositar un beso lento y hundió la frente contra su piel, buscando una caricia, una cercanía que no sabía si conseguiría de nuevo.
—Tomaré la decisión por ti —le dijo, procurando no romperse—. Quizás elija esa opción que no te cansabas de tachar. Dijiste que querías que su nombre empezara con C para que se pareciera al mío... aunque también tenías la ocurrencia loca de que mejor fuera con la E. Pero no, no lo llamaré Estéfano.
Una sonrisa amarga y fugaz cruzó por sus labios al recordarla discutiendo por eso, pero el gesto se borró de inmediato.
No había sonrisa ni calidez sin ella.
El mundo había quedado completamente vacío.
—Puedes enojarte conmigo más tarde si quieres. Estoy listo para recibir todos tus regaños, Estefanía... solo despierta a dármelos.
Cuando salió de la habitación, Cristian sabía perfectamente qué hacer. Le había dicho que no lo llamaría Estéfano solo para seguir jugando con su paciencia, porque conocía de sobra lo indecisa que había estado.
Todavía podía escuchar su voz en su memoria:
—Cristopher suena demasiado rígido, pero Estéfano tiene clase —le había reprochado ella, con los brazos cruzados sobre la barriga.
—¿Estéfano? —se había burlado él en ese entonces, arqueando una ceja con suficiencia—. Parece nombre de abuelo anticuado o de monje medieval. Ten piedad por el niño, por favor.
—¡No te burles! Es un nombre bonito —había asegurado ella, arrojándole la libreta donde anoto todos los nombres que se le habían ocurrido. Una opción tras otra sin parar, cambiando de idea a cada cinco minutos—. Además, se parecerá al de su mamá, yo lo estoy llevando en la barriga y tengo todo el derecho.
El recuerdo se desvaneció de golpe, dejándolo solo en el pasillo del hospital.
Aquella ocurrencia que él había minimizado se había convertido en su única ley.
Caminó hacia el área de administración y no dudó ni un segundo al firmar el documento.

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