Como tenían que madrugar para recibir la primera bendición del año, el tiempo de descanso era muy reducido.
Vanesa no forzó su resistencia y se retiró a su cuarto.
Al entrar, sus ojos se posaron en un sobre de regalo sobre su mesita de noche.
Se quedó estupefacta.
Según las costumbres de la familia, las hijas que ya no vivían bajo el techo familiar no recibían aguinaldos de Año Nuevo.
Y sin embargo, ahí estaba.
En silencio, abrió el sobre; dentro había un cheque en blanco sin cantidad especificada.
Comprendió de inmediato que era obra de Fabio.
Poco después, escuchó que Fabio salía del baño.
—Ya preparé la tina. Báñate solo por 20 minutos, no te quedes más tiempo. Iré a llamarte en un rato, ¿de acuerdo? —le dijo él con absoluta naturalidad.
Vanesa asintió.
Levantó el sobre y lo interrogó con la mirada: —¿Por qué me das esto?
—Un regalo de fiestas, para la buena suerte —sonrió Fabio.
—¿No te da miedo que escriba todo el monto de tus cuentas bancarias? —preguntó Vanesa con tono seco.
—Para nada —respondió él, sin borrar su sonrisa.
Estaba claro que su único propósito era consentirla.
Dejar que ella pidiera lo que quisiera.
Vanesa lo observó por un segundo y sentenció:
—Fabio, no quiero seguir endeudándome contigo.
Incluyendo los vínculos económicos y materiales.
Tras decir esto, dejó el sobre de vuelta en la mesa: —Llévatelo.
Fabio bajó la mirada, contemplando el sobre.
Pero no hubo rastro de enojo en su rostro.
Con parsimonia, se acercó a ella: —Si no quieres este, entonces te doy otro.
Mientras hablaba, sacó un nuevo sobre de su bolsillo.
Este contenía dinero en efectivo.
—Es Año Nuevo, siempre hay que recibir la buena suerte —sonrió Fabio—. En realidad, lo había preparado para Paz, pero ya que estamos, te lo doy a ti.
Fabio la miró con tal sinceridad que hizo flaquear la resistencia de Vanesa.

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